Por José Heriberto López (1928)
La patria de Bolívar, la de la epopeya más resonante en la historia de las luchas libertarias, sabía que de un momento a otro tocaría a sus puertas un apóstol, un peregrino del ideal que alentó el alma de los libertadores de nuestra América. Y Caracas, la capital, la hermosa ciudad que siempre tiene una sonrisa fraterna para todos los que llegan hasta ella, al saber del arribo de José Martí sintió un estremecimiento de alegría y de entusiasmo, porque quería conocer de cerca, abrazar y agasajar al hombre extraordinario que, desde lejos —a través de sus fogosos artículos, de sus versos hermosos y apasionados como su ardiente corazón, y de su prosa movida y entusiasmadora— había sabido despertar en el alma venezolana, siempre abierta a las grandes expansiones del patriotismo, la admiración que, como un rosal, florecía en su predio por el apóstol, poeta y orador cubano que moriría, no en lecho blando, rodeado de sus versos y de sus deudos, sino como bravo soldado en la inclemente manigua, frente al enemigo y de cara al sol, como tanto lo pidió en las vibrantes estrofas que todavía oímos cantar, como si su alma fuese un pájaro que nos deleitara desde la inmortalidad en que vive.
Y Martí llegó a Caracas como llegan los que van por el mundo: no como piedras vivas con los brazos cruzados, sino como sembrador de la simiente que regó Bolívar y que solo fructifica en los grandes corazones. Deslumbrado por el recuerdo del Libertador, de quien el caído de Dos Ríos era tan entusiasta admirador, y deslumbrando él mismo con su mirada luminosa y penetrante, entró en la capital venezolana como un viejo amigo a quien se espera con los brazos abiertos y el corazón en la mano.
Al poco tiempo, sin que todavía el orador hubiese sacudido el polvo del camino, la más alta representación de la sociedad capitalina sentía el orgullo de oír al insigne manejador de la palabra hablada en los salones del Club del Comercio, con la delectación que debieron de haber tenido los atenienses cuando algunas de sus cumbres de la oratoria derramaban palabras sobre sus oyentes. Y después de esa noche —gloriosa para Martí y grata para los caraqueños— vino una sucesión de agasajos, tributo bien merecido a quien sabía conquistar glorias y ganar afectos. Se le ofreció, al que ya era maestro consumado, una cátedra en el primer instituto educativo de Caracas y, enseguida, sin temor de fatigar al recién llegado, se le facilitó una imprenta para que editara un órgano de sus trabajos, y fundó la Revista Venezolana. Los periodistas todos se apresuraron a invitarlo y pusieron a su disposición las columnas de los principales diarios, y La Opinión Nacional, el más alto exponente de la cultura venezolana en aquella época, se honró más de una vez con las producciones del ilustre cubano, liberador y mártir.
Desgraciadamente para los amigos y admiradores del apóstol, su permanencia en Caracas no fue de larga duración, por circunstancias de su misma vida inquieta, porque, como él decía, la actividad es símbolo de la juventud; y su juventud fue de luchas y actividad, de un viajar incesante tanto por el mundo de los hombres como por las altas cumbres del pensamiento, de un ir y venir tan inquietante que solo descansó cuando la muerte depositó sobre su frente pensadora el ósculo frío del más allá.
Nacido en La Habana, de padres españoles, apenas adolescente y, a pesar de que su padre era empleado del gobierno monárquico, se inició en la vida pública y dirigió el periódico La Patria Libre, donde comenzó a revelarse, en su poema Abdala, el futuro gran patriota que más tarde daría frutos a su patria y mucho que hacer a la monarquía peninsular. A los dieciséis años su corazón sintió las primeras heridas al verse encarcelado y luego enviado a Isla de Pinos para ser más tarde deportado a España, donde escribió su brillante folleto El presidio político en Cuba. En Madrid vivió pobremente dando clases, pero sin que su actividad inicial decayera un solo momento, y sin descanso pronunciaba discursos ante sus compatriotas allí residenciados. Luego, trasladado a Zaragoza, obtuvo allí su primer triunfo, graduándose de doctor en Derecho y en Filosofía y Letras.
En el año 1873 se fue a París y a Londres y, después de visitar esas dos grandes ciudades, regresó a nuestra América y en México fue admirado como poeta y orador. Allí colaboró con la Revista Universal. De allí se fue a Guatemala, donde a su llegada fue nombrado director de la Revista Guatemalteca y catedrático de Derecho Político. Poco después regresó a México y contrajo matrimonio con la bella y talentosa dama Carmen de Zayas Bazán, y enseguida volvió a oírse en conferencias y discursos; pero al año justo era nuevamente deportado. Esta vez logró fugarse y se fue a París, de donde pasó a Nueva York. Después fue cuando viajó a Venezuela, para luego volver a Nueva York y dedicarse allí a toda clase de trabajos, desde tenedor de libros hasta redactor del periódico The Sun y director del semanario La Edad de Oro, revista dedicada a los niños. Desempeñó el Consulado General de Paraguay, así como los de Argentina y Uruguay, hasta el año 1891.
En esa época fue cuando su cerebro prodigioso floreció con mayor intensidad en la multiplicidad de sus facultades: dio conferencias, pronunció discursos, publicó versos y trabajos históricos, políticos y artísticos. Y, por fin, fundó el Partido Revolucionario Cubano, acero pulido donde se reflejaba, como en un espejo, su férvida propaganda política que a la postre culminaría con el inicio de la Guerra del 95 —que podríamos llamar su guerra— y con la fundación de la República de Cuba.
Pero, apóstol de una idea que vivió en su mente como un gusanillo de luz, no pudo gozar en vida de esos triunfos, porque el destino, más egoísta que la muerte, lo llevó al fatal desenlace de Dos Ríos y allí quedó, de cara al sol, contemplando quizás la estrella solitaria que habría de llevar por siempre la gloriosa bandera cubana.







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