Actualidad con Enrique del Risco

Written by Luis De La Paz

27 de enero de 2026

Por Luis de la Paz  

El escritor y profesor Enrique del Risco nacido en 1967, cuando ya el castrismo había destruido gran parte de Cuba y adoctrinado a un considerable sector de la población,  logró sobrevivir mejor que mucho de sus contemporáneos a la educación politizada.

En sus libros se aprecia un detallado poder de análisis y observación. Entre sus publicaciones se encuentran Nuestra hambre en La Habana y Los que van a escribir te saludan, y más recientemente, El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika, publicado por la editorial Hypermedia, en junio de 2025.    

—Eres el editor de El túnel al final de la luz: los años cubanos de la perestroika libro donde más de sesenta autores exponen “la revuelta cultural y social que se produjo en Cuba en paralelo a la perestroika soviética”. Háblanos del resultado de ese libro.

Estoy muy contento con el resultado. Fue un libro que nació de una conversación casual con mi mujer a la hora del desayuno y con el que terminé arrastrando a más de medio centenar de artistas, escritores, periodistas, críticos y activistas de todo tipo a reconstruir a través de la memoria unos años en los que muchos creímos que podíamos cambiar el país. Es un libro coral lleno de historias y observaciones importantísimas. El título ya revela el final penoso de ese intento, pero creo que tanto aquel movimiento como el libro que hemos hecho valieron la pena. En el caso del libro, porque ha servido para crear conciencia sobre aquel movimiento, sobre sus posibilidades y sus imposibilidades. 

Cuando hablo de crear conciencia no solo me refiero a los que no tomaron parte en él. También hablo de los que participamos en ese proceso y, aun así, teníamos una visión fragmentaria de aquellos años. Creo que a través de los testimonios recogidos en el libro podemos ver ese fenómeno como lo que fue: un movimiento social y político –además de cultural y artístico– que pudo darse por circunstancias históricas muy específicas. Pero justamente esas circunstancias –las reformas que se acometieron en la URSS y el resto de Europa del Este– impedían ver de antemano la conclusión a la que arribó ese movimiento: que el socialismo –o sea, un régimen donde un partido tiene el monopolio de los mecanismos políticos y el Estado el del sistema productivo del país– es antidemocrático e irreformable por naturaleza.

—Naces en 1967 en medio de apagones, colas y hambre, la misma situación (quizás menos dramática que la actual), pero con los mismos componentes. Pasas la infancia, la adolescencia… ¿en qué momento tomas conciencia del desastre nacional? 

La conciencia del desastre en Cuba yo creo que todos la hemos tenido desde una edad muy temprana. Recuerdo un día, con menos de diez años, en que luego de larga odisea llegábamos por fin al Parque Lenin en la cama de un camión, le pregunté a mi padre: “Papi ¿cuándo es que vamos a salir del subdesarrollo?”. Esa pregunta ya encerraba la conciencia plena del desastre. Pero claro, siempre quedaba el recurso de echarle la culpa al pasado capitalista (que en esa época quedaba a unos quince años de distancia) o al embargo. 

La adquisición de la otra conciencia, la de que el desastre era producto del mismo sistema fue más lenta y progresiva. Estudié tres años en la Escuela Vocacional Lenin que era una escuela-vitrina para mostrarla, junto con Ubre Blanca y otros logros de la revolución, a los visitantes extranjeros. O hasta a los mismos presos políticos cuando los excarcelaban luego de estar veinte años en la cárcel, para que se arrepintieran de haberse opuesto a una revolución capaz de crear escuelas así, como cuenta Jorge Valls en sus memorias. Pues mi estancia en La Lenin se convirtió en un curso intensivo sobre simulación socialista: desde cómo la comida mejoraba en momentos estratégicos hasta instalaciones deportivas, laboratorios de lengua, estudios de música que solo se abrían cuando llegaba una delegación extranjera. O piscinas que solo se llenaban un par de semanas al año. Por cierto, de esas falsedades mi amigo Ernesto Chao y yo dimos cuenta públicamente a Carlos Lage, entonces secretario general de la Juventud Comunista en una visita que hizo a la escuela y lo único que conseguimos fue que más tarde el director general intentara intimidarnos. Y de esa experiencia de simulación e intimidación salió el primer texto de ficción que escribí en mi vida, una obrita de teatro titulada Galileo y el masarreal que nunca pude montar. Pero aun así nos quedaba la excusa de que tanta falsedad era obra de funcionarios intermedios. 

Llegado a la universidad, entre las conversaciones con condiscípulos más enterados que uno, la comparación entre las revelaciones sobre el comunismo en Europa del Este y la realidad cubana y el terror pánico de buena parte de mis profesores para lidiar con ciertas verdades, fue que me quedé sin excusas racionales que ofrecer. Luego, la vigilancia y la persecución sobre los que intentábamos mejorar la realidad en que vivíamos, de democratizarla (todavía la palabra “totalitarismo” no era parte de nuestro vocabulario, pero “democracia” definitivamente sí) hicieron el resto. Esos años cubanos de la perestroika me enseñaron no solo que era el sistema el que generaba el desastre, sino que este no estaba interesado en ningún cambio que significara renunciar a un ápice de su poder y cedérselo a los ciudadanos.   

—Tu libro brinda una cronología de los años ochenta en Cuba, y todo marca en general retrocesos. Aun así la juventud presenta nuevos proyectos y desafíos. Tú fuiste parte de ellos. Cómo es la visión de impulsar arte y cultura, sabiendo que lograr el éxito es difícil.  

Había mucha ingenuidad por parte de nosotros, ingenuidad de la que nos fueron curando los agentes de la seguridad del estado, los funcionarios del castrismo y el propio Fidel Castro cuando no solo rechazaban nuestras propuestas, sino que nos perseguían por hacerlas. A esa ingenuidad inicial súmale el aliento que nos daba saber que en la Unión Soviética se estaban reconociendo los errores y horrores que se habían cometido y existía una voluntad real de cambios. Y ver que nuestros represores inmediatos también sabían lo que ocurría en la URSS y eso los hacía comportarse con más contención que unos años antes.

Por lo demás si uno es joven y está vivo lo mínimo que puede hacer es intentar dotar a la existencia (artística, social, política) de vitalidad y sentido. Eso fue lo que tratamos de hacer en esos años. Si no cambiamos el país al menos nos cambiamos a nosotros mismos. Y cambiamos la idea que se tenía en Cuba por entonces sobre el arte y sus posibilidades. Cuando uno ve un performance callejero de Luis Manuel Otero Alcántara o un monólogo crítico de cualquier humorista actual o una galería o una compañía teatral que usa un espacio privado para crear proyectos al margen del Estado comprende que esas posibilidades empezamos a crearlas en la segunda mitad de los ochenta, a pesar del rechazo del propio Fidel Castro a aceptar los cambios que se estaban produciendo en Europa del Este. Cuando al fin los represores vieron sus manos libres tras el derrumbe del Bloque Comunista ya era demasiado tarde para retrotraer la vida cubana a los años del totalitarismo más cerrado, meter al genio de la libertad en la botella de la que había salido. 

—Hay quienes dicen que los cubanos no han hecho nada para procurar un cambio en el país. ¿Qué responderías a ello?

Siempre ha habido cubanos deseando y tratando de cambiar el país. Lo mismo con los movimientos guerrilleros y clandestinos de principios de los sesentas, que la contracultura de catacumbas que surgió luego y que vino a florecer con la generación del Mariel, o los movimientos políticos y artísticos surgidos en los ochenta, así hasta llegar a hoy. Piénsese en un detalle: los que participaron activamente en el derrocamiento del régimen batistiano no pasaban de diez mil, la misma cantidad de personas que, por cierto, se apretujaron en la embajada de Perú en 1980 en cuanto quitaron la guardia. En cada momento del castrismo ha habido una cantidad semejante o mayor opuesta al régimen, solo que, a diferencia de los opositores a Batista, no tenían enfrente un estado totalitario capaz de aplastar la más mínima señal de disidencia. Si durante el castrismo unas generaciones consiguieron hacerse más visibles que otras ha sido por circunstancias históricas que contuvieron en cierto grado la ferocidad del estado totalitario.

—¿Qué aporta el humor a un mejor entendimiento de tus libros y la situación cubana?

La respuesta más corta es la de Woody Allen: “comedia es tragedia más tiempo”. Y a la tragedia cubana le ha sobrado tiempo para convertirse en comedia. No se me malentienda, la situación en Cuba sigue siendo trágica. De hecho, ahora es mucho más trágica de lo que lo haya sido nunca con la hambruna, el despoblamiento galopante, el envejecimiento de la sociedad, la parálisis productiva, la caída abismal de las condiciones de vida y la represión rampante y descarada. Pero también hay que reconocer que el sistema que sostiene esa tragedia es profundamente ridículo: solo hay que ver las justificaciones que usan para explicar tanto desastre.

 Por otro lado, el sistema que rige Cuba no es una simple dictadura. Es un sistema de control mucho más complejo –el del totalitarismo– que a su vez crea un impacto muy complicado en los seres humanos y en las relaciones que se establecen entre ellos. Y yo creo que el humor es la perspectiva ideal para lidiar con tanta complejidad asentada a su vez sobre una base tan ridícula: un tirano y un partido que determinan que la realidad es de cierto modo y todo el aparato del régimen –represivo, propagandístico, educativo, cultural– tiene que encargarse de acomodar el mundo real a como ellos digan. Y en esos casos solo te quedan dos opciones: el humor o la esquizofrenia. Yo prefiero el humor.

—Asombra y entristece ver el grado de degradación a la que ha llegado Cuba como país. El castrismo tocó fondo hace mucho tiempo y sigue perforándolo con la esperanza de encontrar algo, que no sea otra cosa que más miseria y fango. ¿Qué más se puede esperar en Cuba?

Esa es una pregunta ante la que no tengo palabras ni ideas, solo fe o tozudez pura. Sospecho que si, luego de treinta años viviendo fuera de mi país, Cuba fuera un lugar medianamente normal y próspero me daría más o menos lo mismo ejercer de cubano. Es la tragedia en la que sigue atrapada Cuba la que nos hace seguir preocupados por su destino, la que nos convence de que su única esperanza –sus Obi Wan Kenobi– somos los que todavía nos desvelamos por ella.

—Tus libros generalmente requieren trabajo de investigación, consulta y redacción. ¿Cuáles son tus próximos desafíos literarios y ensayísticos?

Tengo un par de libros terminados, buscando editorial: la novela Los cimarrones de Greenwich Village, que es la segunda parte de la Trilogía Cubana del Hudson en la que estoy empeñado y que trata sobre la presencia cubana en la zona de Nueva York y Nueva Jersey desde el siglo XIX hasta ahora. En 2019 se publicó la primera parte, Turcos en la niebla que se enfocaba en la época actual. Con Los cimarrones… retrocedo al siglo XIX, centrado en la figura de Cirilo Villaverde, el autor de la novela Cecilia Valdés quien vivió más de cuarenta años exiliado en Nueva York. El otro libro que tengo terminado es Nueva York se escribe con Ñ que es una historia de la presencia hispana en Nueva York desde el siglo XVI hasta 1960 contada a través de viñetas de corte humorístico. Por ejemplo, ¿sabías que el primer habitante no aborigen de Manhattan era dominicano? Por ese libro desfila todo el mundo: desde Francisco Miranda y José Martí hasta Diego Rivera y Rita Moreno.

Ahora mismo estoy trabajando en la tercera parte de la Trilogía Cubana del Hudson, la novela Homero y yo, que trata sobre la vida del gran músico ciego Arsenio Rodríguez en Nueva York, donde vivió sus últimos veinte años de vida. Ya terminé la primera versión, pero todavía requiere unas cuantas reescrituras. También trabajo en una obra de teatro, Palíndrome, con solo dos personajes remando en un kayak con los que abordo la actual polarización política en este país. En la primera mitad de la obra los personajes viven bajo una distopía de derechas y en la segunda mitad, una de izquierdas. Y ya que me preguntas por los ensayos empiezo a darle forma a uno sobre la recepción fuera de Cuba del arte y la literatura producida en el exilio. De este solo te adelanto el título: ¿Cubano o gusano?

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