I
Sabiendo que eres el Divino, hecho humano,
Que se encarnó, se humilló y vino a buscarme,
Admiro tu misericordia, que me da la mano,
Y tu divina gracia, derramada para salvarme.
II
Admiro tu presencia impresionante y majestuosa,
Tus miradas tiernas, inquisidoras y profundas,
Tu voz firme, inconfundible, dulce y melodiosa,
Tus palabras tiernas, sabias, y muy fecundas.
III
Admiro tus enseñanzas, importantes, inolvidables,
Tu compañía protectora, amigable, con olor a flores,
Tus promesas sublimes, preciosas y deseables,
Tus hechos santos, inigualables y enseñadores.
IV
Pero más que todo admiro tu valentía,
Que, impulsado por tu amor, inigualable,
Entregaste tu tierna vida, de tanta valía,
Salvándome, con tu muerte, a mí el culpable.
V
Creo Señor, que es muy poco solo admirarte,
Por quien eres y tu sacrificio, siempre te amaré,
Porque me viste y me salvaste, he de ensalzarte,
Y por eso y mucho más, ahora y siempre, te adoraré.
VI
Por todo ello decidí, caminar contigo,
Porque eres mi alegría, mi paz y mi consuelo,
Que dirijas mi vida, que seas mi amigo,
¡Oh, Señor! Aquí en la tierra y luego en el cielo.
Armando Matos
Miami, Fl.







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