Es costumbre tradicional en América Latina de colgar en Estados Unidos, como nación, las culpas, las causas, y también las soluciones de todos los problemas que, por tiempo indefinido, la han aquejado. Es una especie de curioso infantilismo. Una suerte de acomodamiento en el carácter colectivo que, incapaz de resolver sus dificultades, busca descargar en el poderoso vecino del Norte, las responsabilidades inherentes a cada uno de los países de la región.
Es una inveterada costumbre que se ha convertido en un vicio que desnaturaliza todo esfuerzo de superación hispanoamericana. Hablamos de que no necesitamos andadores. Que somos soberanos. Que somos independientes, económica y políticamente. Pero estamos, perennemente solicitando ayuda externa. ¿De dónde y de quiénes? De Estados Unidos.
El problema fundamental en la casi totalidad de los países hispanoamericanos es la corrupción, la indisciplina y la falta de seriedad en sus actividades internas y externas. Son, en su mayoría, países no serios. Y esa carencia en la seriedad del carácter la traducen en eternas quejas contra Estados Unidos, y, a la vez, los hunde más en una dependencia internacional que los encadena a las dificultades en que han caído por sus propias indisciplinas y mal juicio.
Cuba, Nicaragua y Venezuela están donde están no por culpa de Estados Unidos, sino por imprudencias y disparates propios. Eligieron mal. Se enlodaron en el pantano del odio y la envidia que les inculcó el comunismo para exterminar “el imperialismo yanqui”, y, a la hora del desencanto, los mismos pueblos que elevaron al pedestal a esos gobernantes se muestran impotentes e indefensos para bajarlos del poder. Ahí está el problema, la culpa y las consecuencias.
¿Y entonces qué? ¿A quién acudir? Por supuesto, a Estados Unidos, para que, como sucedáneo de nuestro propio autóctono esfuerzo, se subrogue en la palestra para rescatar nuestras libertades. Es un mal endémico que nos afecta ya de viejo. Habiendo cometido el pecado, hay que acudir al gran poder de Norteamérica como el único recurso para iniciar y desarrollar una acción efectiva que lo liquide.
Pero ello no debe movernos a situar en esta nación la fuente de todas nuestras venturas y desventuras. No se debe olvidar que en la medida que se refuerce y se expansione el respeto de nosotros por nosotros, crecerá, en justa proporción, el respeto que le inspiremos a los demás. América Latina debe sacudirse esa dependencia infantil, y entender que el origen el de los errores, de sus errores, de cualquier magnitud, implica también el deber de las rectificaciones, aunque, en ocasiones, como es lógico concluir, tengan que solicitar el apoyo complementario que pudieran necesitar.
Creo que, en estas circunstancias, queda más que claro, que Estados Unidos es el país líder de nuestro Hemisferio. No hay duda. Y, precisamente, por serlo, tiene que encarar mayores responsabilidades y esfuerzos como corresponde a todo liderazgo para afrontar las amenazas comunes a toda su zona de influencia. Esa amenaza, hoy amplificada por el tripanosoma del Caribe, ha sido, incomprensiblemente, ignorada por décadas, en ceguera bilingüe, en culpas compartidas, por siete administraciones de Estados Unidos y la casi total comunidad de países hispanoamericanos. Esa amenaza tan grande, obvia y visible, muchos países del área, como México y Brasil, no querían verla; y, adoptaban la doctrina del avestruz por identificación ideológica en primer plano, y en segundo, por ir contra la posición de la poderosa nación americana del Norte. Por tanto, el error de este colosal abandono en esta consecuencial amenaza, no es huérfano. Tiene padre y madre: Estados Unidos y América Latina.
Sin embargo, en la balanza de culpas y responsabilidades, tenemos que ser cautos, justos y proporcionales. La amenaza no es sólo para Estados Unidos. Desde el punto de la subversión interna o de la agresión externa, es a Estados Unidos, a quien la agresión alcanza en menor grado. Esta es una nación grande, poderosa en todos los aspectos, con estabilidad económica y política.
Pero el cuadro de América Latina es diferente. La constante amenaza de Cuba por más de sesenta años, ha infligido, en los países hispanoamericanos, una constante agitación subversiva. Es, por tanto, a estas naciones más indefensas, penetradas y convulsas, a las que ha correspondido -aunque nunca lo han hecho- trabajar con más empeño en la creación y aplicación de medidas tendientes a destruir esa amenaza. Pero no ha sido así. América Latina, siguiendo la repetida noria de la costumbre, ha relegado, ha transferido, en su complejo concepto, el problema a Uncle Sam para su solución, con muy poca cooperación de su parte. Grave error.
Esto no quiere decir que USA pretenda lavarse las manos en un conflicto regional de fundamental importancia para su seguridad. Ni puede, ni quiere. Porque está consciente de que éste es parte integral del plan de sus enemigos, China y Rusia, para minar y socavar su autoridad y hegemonía tradicional en este espacio del Continente. Y esta realidad, ya vigente por largo tiempo, no exime del peligro a los países hispanoamericanos. A ellos debe interesar, pues, más que a nadie, cooperar en la eliminación de esta amenaza para su tranquilidad y estabilidad social y económica, porque sólo así hallarán el camino hacia el progreso. Estados Unidos ya conoce el camino y tiene la fortaleza y los medios para defenderlo, pero necesita la cooperación de los que, al final de cuentas, serán siempre los más afectados. Ya va llegando la hora en que América Latina despierte y se sacuda ese infantilismo dependiente del poderoso vecino del Norte. Es tiempo ya de corregir las lacras del pasado para alcanzar el fortalecimiento pleno del carácter hispanoamericano.
En los albores de este Año Nuevo se inicia un nuevo orden en la estructura e implementación de la geopolítica hemisférica -y también mundial- donde el ordenamiento político de las naciones -la mayoría- seguirán la pauta dictada por la única súper gran potencia mundial: Estados Unidos de América.
La Nueva Aurora comenzó el 3 de enero con la extracción del poder del narco-dictador de Venezuela, Nicolás Maduro.
Si nuestra lectura de los recientes acontecimientos es correcta, Venezuela es el primer paso en la rectificación de las viejas políticas mantenidas por los siete últimos presidentes americanos, que, con desdeño injustificado, sobrepasaron por el libro de la historia, las páginas que hablan de la Doctrina Monroe: “América para los americanos”.
La historia está de regreso.
¡“Is morning in America again”!






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