DOMINGO FIGAROLA CANEDA (1852-1926)

Written by Libre Online

20 de enero de 2026

Por JORGE QUINTANA (1954)

EL 17 de enero de 1852 —hace ahora justamente 174 años— nació en La Habana Domingo Figarola Caneda, uno de los cubanos que más ha laborado por la cultura de su patria “a la que pudo amar con verdadero y puro amor, al decir de Francisco González del Valle, por el gran desinterés de su alma”. 

Cuando Domingo Figarola Caneda vino al mundo, hacía tan solo unos meses que se había liquidado la conspiración de Narciso López; un año después nacía José Martí y aun no se había liquidado el primer lustro de su existencia, cuando las autoridades coloniales liquidaban también otra conspiración peligrosa: la de Ramón Pintó. A los cinco días de nacido, sus padres le bautizaban en el seno de la religión católica en la Iglesia de la Catedral de su ciudad natal (Libro 23 de Bautismos de Blancos, Folio 260).

Después de estudiar sus primeras letras pasa a cursar los estudios secundarios en el colegio San Francisco de Asís que dirigía José Alonso y Delgado. Allí conoce entre los profesores a Francisco Calcagno y tiene por compañeros a Rafael Montero, Gabriel de Zéndegui, Raimundo Cabrera y José María Aguirre. En 1870, ya graduado de Bachiller ingresa en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana. Cursaba el segundo año cuando los sucesos de noviembre de 1871. Estuvo preso. Pudo dar fe de la valentía del profesor Fernández Cuba. Abandonó los estudios médicos en parte horrorizado por aquel crimen del 27 de noviembre, en parte por no poder vencer su repugnancia a tener que trabajar con los cadáveres, en las prácticas de anatomía.

Cuando abandona las aulas universitarias Domingo Figarola Caneda ya había tomado una determinación: consagrarse a las letras. En 1870 había iniciado su carrera de escritor publicando su primer trabajo en “El Eco del Progreso”, sin embargo, el Dr. J. M. Dihigo, en una Bibliografía de Domingo Figarola Caneda asegura que su primera publicación fue una imitación de una presea asiática, en 1872. En 1874 conoce a María Teresa Ferrer con quien se casa al año siguiente. En 1876, mientras colabora en “Recreo de las Damas” y “El Mundo Literario” de La Habana, nace su hijo Herminio Mauricio. Ese mismo año funda “El Mercurio” y al año siguiente publica su primer trabajo bibliográfico, confeccionando el “Apéndice al Catálogo de la Librería Española y Extranjera” publicado en la edición del “Boletín Comercial de La Habana” correspondiente al 4 de septiembre de 1877.

En 1878 inicia su colaboración con su viejo maestro Francisco Calcagno, que ya preparaba los materiales para el “Diccionario Biográfico Cubano”. Por esta época tiene sus devaneos políticos con el autonomismo. Serán los únicos de su vida, porque jamás gustó de la peripecia política. En 1878 colabora en “La Razón”, de La Habana. En 1880 inicia su colaboración en “La Habana Elegante”; al año siguiente la inicia en “El Almendares”. Ese mismo año confecciona la “Guía Oficial de la Exposición de Matanzas”.

“El Argumento” fue otra de las publicaciones a las que dio vida. Fue en 1883. Vieron la luz unos quince números y estaba todo, íntegramente, consagrado a comentar el buen teatro de que disfrutaban los habaneros en aquella época. Además de su labor en “El Argumento” colabora en “El Museo” de La Habana. El 2 de enero de 1884 inicia su colaboración en “El País” y la “Revista de Cuba”, ambas de La Habana.

Dos años más tarde se hace cargo de la dirección de “La ilustración Cubana” que se editaba en Barcelona. Es un empeño serio por difundir la cultura nacional en el medio metropolitano y europeo. El 25 de febrero de 1887 se embarca en el puerto de La Habana rumbo a la capital catalana. Allí realiza uno de los intentos más serios por dar a conocer la cultura de Cuba. De 16 títulos de obras publicadas bajo el auspicio de “La Ilustración Cubana”, 13 corresponden a autores nacionales. 

El 7 de octubre de 1888 sale de Barcelona rumbo a París, adonde llega el 8. Allí visita a Rafael Díaz Albertini y, sobre todo, a Diego Vicente Tejera con quien inicia el conocimiento de la capital francesa. Es su primer contacto con Francia. A partir de entonces ya jamás dejará de amar la cultura, las instituciones, el idioma, los intelectuales de Francia. Ese mismo año inicia su colaboración en “El Fígaro” de La Habana. Al año siguiente comienza a escribir para “El País” una colaboración periódica con el título de “Crónica Parisiense”. 

En 1889 publica su primer trabajo en francés. Unos meses después emprende viaje de regreso, embarcando para Nueva York adonde llega el 25 de enero de 1890. En su “Diario” anota: “Si yo hubiese conocido a Nueva York hace dos años, hubiese exclamado: ¡Oh, Nueva York! Pero hoy tengo el derecho de preguntar: ¿Y esto es Nueva York?  Después de París ¿qué? ¡Nada!”.

Unos meses en Nueva York donde conoce a José Martí y después continúa el viaje de regreso a la patria. En octubre de ese mismo año ya está en La Habana. Aquí publica sus comentarios sobre las poesías de José Fornaris en “La Habana Elegante”, colabora en “La Tarde”, “El Fígaro”, “El Liberal”, “La Lucha” y “Gil Rías” utilizando en este último el seudónimo de “El Diablo Rojo”. Al mismo tiempo desempeña encargos que en Nueva York le hiciera José Martí.

Al año siguiente es designado miembro de la Comisión nombrada por el gobierno español para escoger y enviar producciones de literatos cubanos a la Real Academia Española con destino a la Antología de Poetas Hispanoamericanos que a la sazón preparaba don Marcelino Menéndez Pelayo. Al mismo tiempo trabaja en un Diccionario de la Revolución Cubana que en 1894 tenía listo para entregar a la imprenta, pero que el movimiento de 1895 le hizo suspender. 

Por esta época abandona la isla camino de París. Va con dos propósitos. Uno el de atender más directamente la educación de su hijo en la capital francesa; otro el de trabajar por la causa de la liberación de su patria. Apenas si llega cuando traduce al castellano la obra de Jorge Ohnet “La Dama vestida de gris”, publica un trabajo en “Europa y América” y se adentra en la labor proselitista dentro de la colonia cubana. La guerra se inicia en su patria y el hijo abandona los estudios respondiendo al llamamiento de la misma. Cuando Domingo Figarola Caneda se entera de la partida del hijo y del destino que le aguarda, dice serenamente: “Yo le he enseñado el camino”. Y se entrega al trabajo con el mismo espíritu afanoso de todos los días. El 23 de enero saca el primer número de “La República Cubana”, un semanario en francés y español al que subvenciona la Delegación del Partido Revolucionario Cubano. 

Hasta el 30 de septiembre de 1897, “La República Cubana” realiza, con espíritu de sacrificio, su misión de propaganda. No tiene dinero para seguir y renuncia al propósito. La guerra toca a su fin. Además, el hijo amado ha caído en ignorado lugar de la región oriental ostentando el grado de capitán. Había llegado como expedicionario en el “Laurada” el 27 de octubre de 1895 con el grado de alférez. Por su valor, por su disciplina, por su cultura fue ascendiendo hasta capitán. Todo ello ensombreció los últimos años del siglo XIX. Ni mujer ni hijo. Vive en soledad su tragedia. Pero en el trabajo intelectual cobra aliento para resistir y continuar.

En 1900 inicia su colaboración en “Cuba y América”. Ese mismo año concurre como delegado cubano al Congreso Internacional de Bibliografía y de Bibliotecarios celebrado en París. Gonzalo de Quesada lo recomienda al Gobernador Militar norteamericano para la dirección de la Biblioteca Nacional.  Regresa a la patria después de una corta estancia en Londres, donde trabaja con el mismo afán de siempre, para donar a la Biblioteca Nacional sus primeros fondos constituidos por tres mil volúmenes de su biblioteca privada. 

Allí se inicia su gran obra de la República. Lo morderá a veces la incomprensión. Pero él no es de los que ceja. A veces se encoleriza, pero siempre persevera. Valiéndose de sus magníficas relaciones, obtuvo que enriquecieran aquel fondo original donaciones muy valiosas de las bibliotecas de Bachiller y Morales, Francisco Sellén, Francisco J. Cisneros, el conde de Fernandina, Pérez Beato, Ponce de León, Vidal Morales, Pedro González Llorente, así como una gran papelería de Heredia, Pedro José Guiteras, Anselmo Suárez y Romero y el epistolario de José Luis Alfonso. 

De su sueldo destinaba parte a la adquisición de libros. Vivía cerca de la Biblioteca, en la calle de Cuba 24, lugar que él hizo famoso. Allí organiza unos recibos los sábados por la tarde que acaban por convertirse en la tertulia literaria más interesante de la época. “Hacía crítica, escribe Gerardo Castellanos, como un padre da consejos; no por herir sino con intenciones de practicar el bien”. Allí se dan cita J. M. Dihigo, Francisco de P. Coronado, Antonio L. Valverde, Francisco González del Valle, Gerardo Castellanos, Emeterio S. Santovenia, Joaquín Llaverías, Federico Castañeda, José A. Fernández de Castro, Emilio Roig y otros.

En 1900 escribe “Cuba, Exposition Universelle Internationale de 1900 a París”. En 1901 se casa en Londres, por segunda vez, con Emilia Boxhorn, una mujer dulce y amable que se compenetra con su obra y le ayuda con abnegación y desinterés. En 1904 obtuvo que la señora Pilar Arazosa de Muller donase a la Biblioteca Nacional una imprenta donde comenzó a editar en 1909 la “Revista de la Biblioteca Nacional”. Poco tiempo después una drástica orden de uno de esos tantos Secretarios o Ministros de Educación que hemos padecido, sin importarle las cláusulas de la donación dispuso que la imprenta de la Biblioteca Nacional pasase a la Escuela de Artes y Oficios.

En 1905 organiza y publica el “Índice de los títulos contenidos en las diversas colecciones facticias adquiridas por compra hecha al Dr. Vidal Morales y Morales” que es el primer trabajo que sale de la imprenta de la Biblioteca Nacional. Y como un complemento de este trabajo publica otro folleto. Preocupado por su colaboración periodística en el Diario de la Marina publica también, en 1905, un interesante trabajo titulado “Bibliografía Cubana”.

Cuatro años más tarde, en 1909, funda la Revista de la Biblioteca Nacional. Durante tres años luchó tenazmente por mantenerla. Fue un esfuerzo magnífico en el que siguió brindándonos su capacidad infinita y su magnífico buen gusto en materia editorial. En 1910 es designado Miembro fundador de la Academia de la Historia de Cuba. Es en esta institución donde realiza otra fecunda obra, asumiendo la dirección de sus publicaciones y haciendo editar los “Anales” y los primeros tomos del “Centón Epistolario”. 

Fue en este año de 1910, en ocasión de discutirse los Presupuestos de la Nación, cuando dos representantes de tendencias opuestas, liberal uno, el Dr. Orestes Ferrara, y conservador otro, el Dr. García Enseñat, se ensañaron con los presupuestos de la Biblioteca Nacional, tratando de reducirlos e intentando menoscabar la importante labor que allí realizara Figarola Caneda.

 Para el Dr. Ferrara la publicación de la Revista de la Biblioteca Nacional era algo que no entendía. Así dijo en aquella sesión donde se discutiera el tema presupuestal: “…una revista, en el concepto escueto que esta palabra indica, no puede estar hecha en ninguna oficina”. Para el Dr. Ferrara la Biblioteca Nacional era simplemente una oficina pública. 

En este mismo año de 1910 Figarola Caneda publica en la imprenta, de la Biblioteca Nacional la “Cartografía Cubana del British Museum” catálogo estupendo de cartas, planos y mapas de los siglos XVI al XIX, trabajo solamente igualado por el Catálogo de Mapas, Planos, etc. que está editando, en la actualidad, nuestro Archivo Nacional bajo la dirección del capitán Joaquín Llaverías.

Cuando en 1914 se organiza la Comisión encargada de los actos conmemorativos del primer centenario del natalicio de Gertrudis Gómez de Avellaneda, Domingo Figarola Caneda participa en los trabajos y da a la publicidad unas “Memorias Inéditas” de la genial cubana que él conservaba en su poder, anticipándose a su gran obra “Gertrudis Gómez de Avellaneda”, publicada en 1929, tres años después de su muerte por su viuda la señora Boxhorn, en París. Y aun publicará otro folleto más en este año de 1954, el titulado “Milanés y Plácido” replicando al señor Federico Milanés. 

Al año siguiente publica la “Bibliografía de José de la Luz y Caballero”, primero en la “Revista de la Facultad de Letras y Ciencias” y después, por separata, en un volumen de 272 páginas. El mejor elogio que de esta obra puede hacerse es repetir la opinión que de la misma tenía Francisco González del Valle que la consideraba como “modelo de esta clase de trabajos”.

En 1916 propone Domingo Figarola a la Academia de la Historia todo un plan para un “Diccionario Biográfico Cubano”, superando las deficiencias del publicado por Calcagno, agregándole los materiales recopilados por el propio Figarola para su “Diccionario de la Revolución Cubana” y los demás que consideraba deberían incluirse.

Pero la incomprensión no se conforma con verle trabajar serenamente. Tuvo más suerte Grousat el argentino, a quien se le comprendió por sus contemporáneos y no se le molestó. 

En 1918 otro Secretario de Instrucción Pública, se empeñó en mortificar al gran cubano. Primero designó una Comisión para reorganizar y modificar la organización de la Biblioteca Nacional. Para ello hizo a un lado al Director de la institución. Domingo Figarola-Caneda se irguió, protestó airado y acabó, ante la potencia del poderoso que se le imponía, pidiendo una licencia, “…sufrió más a propósito de ese incidente, comenta González del Valle, que sí se le hubiesen destruido su biblioteca particular y su reputación”. 

Dos años más tarde pidió su retiro. Al mismo tiempo sacaba de las prensas de la imprenta su obra “José Antonio Saco. Documentos para su vida”. 

En 1922 publica “Plácido (Poeta Cubano”) y el “Diccionario Cubano de Seudónimos”. En 1923 contesta como Académico a los doctores Emeterio S. Santovenia y Francisco González del Valle en sus discursos de ingreso a la Academia de la Historia. Ya la vida lo vencía. Sentíase como un gran derrotado. Sólo su gran espíritu le permitía vivir y seguir siendo el mismo de siempre. 

El 14 de marzo de 1926 cerró los ojos para siempre en la misma ciudad donde había nacido setenta y cuatro años antes. Su viuda se trasladó a París donde en 1928 y como homenaje póstumo, hizo publicar su obra inédita “La Condesa de Merlin” y al año siguiente, en 1929, “Gertrudis Gómez de Avellaneda”.

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