¿Es Claudia Sheinbaum, la presidenta de México, comunista? Si nos limitamos a la afiliación partidista, no, no lo es. Protegiendo sus ambiciones políticas, siempre de la mano de López Obrador -otro que bien baila- se ha cuidado de no caer abiertamente en una identificación amplia y total con el marxismo. Es un amor platónico. A distancia. Para la presidenta de México, Cuba es el faro de la nostalgia. No hay pruebas de que haya pertenecido al Partido Comunista mexicano, pero creció en un hogar donde la biblia era el Manifiesto del Marxismo-Leninismo. Tal vez por ahí le cala esa emotiva añoranza, esa cariñosa deferencia, que siente, tan dulcemente, por la dictadura comunista cubana.
Aunque ella -como queda dicho- nunca se inscribió en el Partido, su abuelo Juan Sheinbaum, quien emigró de Lituania, en 1920, y su padre Carlos, nacido en México, fueron ambos fogosos activistas proselitistas del Partido Comunista de México hasta su muerte. ¡De casta le viene al galgo! Y, además, por venir como anillo al dedo, no debemos olvidar que cuando vemos a un ave que luce como un pato, camina como un pato, y gruñe como un pato, ES un pato.
Por lo tanto, la señora Sheinbaum, aunque en el estricto sentido etimológico “no es puramente comunista”, en sus manifestaciones y funciones presidenciales prácticas, como en los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua, muestra su verdadero color, yendo contra el mundo sensato, honesto, y amante de la democracia y la libertad en repudio a estas dictaduras comunistas; y las defiende, amparada en la Doctrina Estrada, usada convenientemente por todos los presidentes mexicanos de acuerdo a la dirección del viento. En ese plano, vayamos derecho a la verdad. La Doctrina Estrada que proclama “la no intervención en los asuntos internos de otros países”, es una cínica farsa usada por la demagogia tercermundista para embaucar a las turbas iconoclastas, y México la ha explotado, discriminadamente, a su gusto, en defensa de regímenes comunistas, aunque sean abusadores de los derechos humanos básicos de sus ciudadanos. La verdad está ahí, palpable, y no la pueden negar porque no hay doctrina, de ninguna índole, y mucho menos moral, que ampare la injusticia.
¿Acaso no fue en México, en una finca de Lázaro Cárdenas, en Quintana Roo, donde se entrenó Fidel Castro y su grupo para invadir a Cuba con la total asistencia del gobierno mexicano? ¿Y no era Cuba un Estado soberano? ¿Y no han sido los presidentes de México, incluido López Obrador, los que han ido repetidamente a Washington, a la Casa Blanca, a pedirle a los presidentes americanos que deroguen el embargo a Cuba? ¿No es esto una intervención en los asuntos internos de otros países? ¿Y no saben estos presidentes mexicanos que el embargo a Cuba es una ley del Congreso y no un decreto que el presidente puede cambiar a su gusto como hacen ellos en su país?
Por eso, guiados por estos antecedentes, elocuentes de por sí, no nos extraña la solidaridad de la presidenta Sheinbaum con la dictadura cubana. ¡Maña vieja no es resabio! Es de venerable edad esa costumbre de los gobiernos de México de aliarse a los países radicales de izquierda -cuanto más radicales mejor- para antagonizar a su poderoso vecino del norte.
El episodio que conmueve hoy el teatro político de América Latina con la crisis de Venezuela y la feliz extracción del narco-dictador Maduro del poder, ha perturbado a la señora Scheibaum. Nunca le perturbó el abuso, la opresión, los crímenes y el éxodo de siete millones de venezolanos huyendo de la dictadura; ni las décadas de martirio y ruina que el comunismo ha impuesto sobre el pueblo cubano. La compasión -¡toda!- era, no para las víctimas, sino para los victimarios. En nombre de la Doctrina Estrada, había que pedir justicia para los Castro y los Maduro. Y así lo está haciendo, muy enfáticamente, y con evidente satisfacción, la presidenta de México. Los cubanos y venezolanos, que se jo…
A este efecto, la señora Scheinbaum puso su grito en el infierno cuando extrajeron de su cueva a Nicolás Maduro. Pero nunca levantó su voz por los miles de presos políticos venezolanos y cubanos. Ya no era la Doctrina Estrada, sino la técnica del avestruz.
No, señora Scheinbaum, usted como presidenta de México podrá, para consumo interno, dar a los problemas de Cuba y Venezuela las interpretaciones que quiera. Pero como representativa de un país latinoamericano, usted no tiene derecho a volver las espaldas a sus compromisos internacionales en este continente, que son mucho más amplios que esa Doctrina a la que usted tanto se apega como una válvula de escape. Y, de paso, debo recordarle, por si lo ha olvidado, que su país, México, ha sido signatario de los mismos en las conferencias de Bogotá y Río de Janeiro, donde se prescriben la acción defensiva y colectiva de los países de este hemisferio que incluye, por supuesto, el respeto a la libertad de los ciudadanos que en ellos habitan.
Y, precisamente, por la magnitud y virtud de estos acuerdos internacionales, ha sido México uno de los más beneficiados cuando en 1995, por ejemplo, puso, a casi la mitad del mundo, al borde de la bancarrota por la irresponsabilidad de sus gobernantes en el manejo de sus finanzas y economía. Sólo la actuación de Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional que inyectaron cientos de miles de millones de dólares, salvaron a México, y varias docenas de naciones, de una tragedia económica monumental. ¿Saben cuál fue una de las irresponsabilidades? Construirle a la tiranía de los Castro, gratuitamente, como una bondadosa donación, una refinería petrolera en la ciudad de Cienfuegos, a un costo de 492 millones de dólares. Seis meses más tarde, México estaba al borde la bancarrota y hubo que tirarle un salvavidas para que no se hundiera.
En el momento actual las circunstancias han variado. El 3 de enero, comienza un nuevo periodo histórico. Regresa la reafirmación e implementación de la Doctrina Monroe, con su proclamación de “América para los americanos” emitida en 1823 por el presidente James Monroe ante las intenciones de Francia e Inglaterra de penetrar los intereses americanos. Con la captura y expulsión de Maduro del poder en Venezuela, termina la presencia nociva de Rusia, China e Irán. Comienza un Nuevo Orden en la geopolítica mundial, con particular énfasis en nuestra región hispanoamericana.
Este Nuevo Orden implica que Estados Unidos regresa a su destino histórico de trazarse una política clara, de principios inalterables, en la cual, y por la cual, defiende a sus aliados con todo lo que tiene y ataque a los adversarios, declarados o encubiertos, con todo lo que tiene.
¿Estamos por la aplicación del “Big Stick” a los pueblos latinoamericanos? No. Pero sí a los enemigos que, abiertos o solapados, traman contra los intereses políticos, sociales, jurídicos o económicos de esta nación. Y en la región tenemos unos cuantos de ésos.
Con el Nuevo Año, comienza una alborada prometedora.
¡Qué para bien sea! América no merece menos.





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