Los Borrachos

Written by Libre Online

25 de febrero de 2025

Por ELADIO SECADES (1957)

Un borracho suele ser un cuerdo que ha querido enloquecer un poco para divertirse. Los locos se divierten a expensas de los cuerdos que tienen que soportarlos. Cuando el amigo borracho nos invita a tomar y pedimos un refresco, acabamos de recibirnos de loqueros. Lo mejor en esos casos es emborracharse también. Para soltar la camisa de fuerza y quitarle las enaguas a la pena que nos daba. Todo lo que aparentemente el borracho pierde con el licor, lo tenía perdido ya. La vergüenza inclusive. Lo único que el borracho pierde de verdad es el equilibrio. Y las ganas de volver a casa. El peor de los borrachos es el que nos abraza, nos escupe al hablar de cerca y encima no nos deja ir. El borracho de chinche. 

El terrible borracho de yo soy tu amigo. La amistad del borracho es adherente y el desprendimiento doloroso, como arrancarse una postilla. Junto al borracho que profesa el látigo de la amistad, siempre hay una pobre víctima que accede a tomar la última. Pero el amigo ebrio le recuerda que no se dice la última. Sino la penúltima. Porque la última la toman los que van a morirse. Más que chiste y más que superstición, es un pretexto para seguir bebiendo. Aquellos que se emborrachan en los bares son pensadores en voz alta. El alcohol les inflama las reservas de la sinceridad. Y de la esplendidez. Y de la valentía. 

No se puede creer en la sinceridad del borracho, por lo mismo que la dignidad no viene en botellas. Ni se puede creer tampoco en su esplendidez. Porque es frecuente que lo que gasta en bebida lo quite del diario de la familia. Ni debe creerse tampoco en su valor, porque después de quererse fajar con todo el mundo acaba invitando al policía de posta y diciéndole que no hay problema. Porque él es una persona decente. Y para convencerlo, le dice quién es.

En Cuba todos somos alguien. Todos tenemos influencia para cerrar el café donde han querido cobramos de más. Por lo menos pensamos mandarle un inspector amigo para que vea los servicios sanitarios. Que es cuando el criollo se pone bravo y dice que ahora van a saber quién es él. No hay cubano que alguna vez no haya pensado cerrar un establecimiento. O quitar una multa en un Juzgado Correccional. 

Si no fuera por esos estallidos del carácter, se nos olvidaría que somos personas influyentes. Con un amigo político a quien nunca hemos molestado. Y un pariente que sale con el Juez de pesquería. O que juega al dominó con el secretario. El Juez Correccional puede ser un estado de ánimo. Es lo más humano que tiene la ley. Por eso se equivoca. En algunos juzgados los curiosos esperan que empiecen los juicios, para adivinar cómo ha de ser la sesión. Nada más fiel al cálculo previo que un pitcher bueno y un juez malo. Sólo hay que ver cómo empiezan.

Existe el borracho de la calle. La bufa ambulante, la que convierte al esposo que vuelve tarde el recuerdo de Chaplin. El traspiés en la acera y el vómito junto al farol. Un borracho vomitando es un forzudo empeñado en jorobar un poste. Hay que mirar al suelo, porque la madrugada da vueltas. Los marcos de las ventanas van pasando por la mente. Como ideas cuadradas. El cielo parece de opereta. 

La luna es una tajada de monóculo. La niña sentimental que sale del cabaret ve una ventana iluminarla en la madrugada y teme que sea un enfermo que sufre. El amigo irónico sospecha que puede ser una escena de amor. A lo peor es un panadero que se está levantando. Yo nunca he visto una madrugada sin un gato. 

El borracho no puede entrar, porque con la punta del llavín no acaba de encontrar el ombligo de la cerradura. Será fantasía imperdonable, pero a veces pensamos que a la madrugada criolla le hace falta el sereno español. Con el farol, los bigotes y los botines en que envolvía los callos. Nadie supo nunca porque aquellos serenos le cantaban la hora a un vecindario que estaba durmiendo. La madrugada de hoy no tiene encanto. Una madrugada con serenos que se afeitan y muchachas que han salido de los salones de baile y están esperando la guagua.

El alcohol es el argumento para perder el recato que casi nunca se tiene. Y para simular lo que difícilmente se posee. Un borracho pobre pagando lomas puede parecer rico. Un borracho cobarde echando plantes parecerá valiente. En nuestros bailes públicos nada más temerario que un picúo lleno de coñac. Si en la fiesta hay una bronca, mejor. Entonces al picúo tienen que aguantarlo los amigos. Y darle coba para que deje eso. Contra todos se revuelve, pidiendo que le dejen arreglar el asunto entre hombres. De repente otro, todavía más picúo, se pone dramático para chillar que ahora la cosa es con él. Forcejeando los dos amigos se abrazan y recuerdan que se quieren como hermanos. Y van a tomar otra copa. 

Lo más ridículo que hay en nuestra vida son los “dos fajaos”. Pero más ridículo todavía son los dos que no pueden fajarse. Porque entre ruegos los sujetan intermediarios que siempre salen con la ropa sucia y la respiración alterada. Lo mejor para que comiencen a entrar en razones dos que quieren fajarse, es que los suelten.

Porque resulta que la verdad es que no quieren fajarse. Esas broncas entre chusmas empezaron a perderse su sabor delicioso desde que desaparecieron los sombreros de paja.  ¡Oh, aquella galleta cubana que rompía el ala del pajilla y atraía como por encanto el tumulto de almas apaciguadoras!… “Dejen eso, caballeros”.

Existe el tipo peligroso cuando toma una copa. En el barrio lo respetan.   Porque   saben   que echa cuando llega la hora. Responde a los problemas suyos y a los problemas de los del grupo. Pero no le gusta hablar de guapería. Sería una inmodestia. Es el borracho que vive advirtiendo que no vayan a equivocarse con él. Después de estas broncas cubanas a uno de los que pelearon le ruegan que se vaya. Para evitar. Pero no se puede ir, porque en la confusión no recuerda a quien le dio a aguantar el saco. Hay quienes para fajarse se quitan el saco, el anillo y el reloj-pulsera. Que es lo mismo que hay que hacer para sentarse a escribir un editorial sobre economía política. El alcohol en exceso aleja lo femenino. Una mujer muy borracha no huele a mujer. Huele a amigo que está celebrando el santo. Junto a la mujer muy borracha, hay un cenicero lleno de colillas. Y un montón de ideas viejas y vulgares. Que el whisky hace nuevas y originales.  Lo malo es que la bebida dé por la filosofía.

Una mujer hueca filosofando tiene un parangón con la gaita. Elocuencia de aire que sale. Un pensamiento fuerte puede hasta despeinarnos. En el club aparece la niña insolente que ya tiene el vicio del “hilgh-ball” y de los cigarrillo-americanos. Es una enciclopedia de frases hechas.   “¿Casarme yo?” “¡Que va!” … “Amo la libertad”, “Estoy muy bien así”. “Al hombre-mejor, que lo ahorquen”. Una especie de gripe espiritual. “Otro whisky and soda”. Más humo. La tráquea se está empapelando de nicotina. 

Los que quieran dejar el cigarro, que presencien la autopsia de un chino. Es igual que si desnudaran una chimenea. La simpatía a veces es un problema de voluntad. Los hombres feos, ante la necesidad de agradar, se hacen simpáticos. Ordenan tres gracias y las van colocando. Para compensar la fealdad. Casi todos los bizcos son cariñosos. Las mujeres bonitas suelen ser tontas. Porque no tienen nada que compensar. Esta es la edad de las muchachas que piden “high-balls” y se despiertan peleando con la vieja, porque no aparece el frasco de la sal de frutas.

Hay un borracho que es mortal. El que sabe beber. Todos los borrachos creen que son los otros lo que no saben beber. El borracho correcto que siempre está preguntando si le ha faltado a alguien. Si en el café dice una mala palabra, se voltea para ver si hay alguna señora. Hay que comportarse como un caballero. Tan pronto comprende que empieza a ponerse mal, se va a dormir. Pero este caso nunca se da. Y sigue averiguando si ha cometido alguna incorrección. Con lo que convierte la borrachera en lección de urbanidad.

Pero mucho peor que éste, es el borracho que sabe recitar. Todos pensamos una vez que sabíamos recitar. Pero nos curamos viendo las caras que ponían los que tenían que oírnos. Los recitadores son actores de un teatro libre. Teatros de gestos entre grandiosos y ridículos. Y del que el auditorio fatalmente no puede escapar. Al borracho le gusta estar siempre en el uso de la palabra. Y la recitación es una fórmula para que los demás tengan que callarse. Dios nos libre de una noche de fiesta con uno de esos borrachos que se saben de memoria a Santos Chocano. Hay que desvelarse con la boca abierta. Y diciendo que está muy bien. 

Hombres que viven con un poema dentro y no descansan hasta que encuentran a quien disparárselo. Puede quedar el análisis del borracho que presume de que comprende cuando empieza a ponerse mal. Y ahí mismo corta. Pronuncia una conferencia sobre la copa que puede convertir la diversión en fastidio. Y mientras no llega esa copa crítica, sigue bebiendo. Es el borracho que llega a la cirrosis por un camino de dignidad de la que sus hijos tendrán que sentirse satisfechos…

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