TE LLAMARÁS “LA CUBANITA”

Written by Libre Online

11 de mayo de 2022

Por Vicente Cubillas Jr. (1952)

–Cuando “Guarina” se convirtió en “La Cubanita”. –Era hermosa y linda la hija del médico. –Armenteros, porque “armas-enteros caballeros”. –En Cienfuegos vive una capitana mambisa.–Ritica la conspiradora. –Roberto Díaz de Villegas y Dorticós, el hijo espiritual. –“Usted, como yo, sabe que esa joven representa la bandera”. –Cuando quisieron asesinar a “La Cubanita”. –Dos héroes anónimos. –Otra superviviente del club “La Cubanita”. Chibás el líder inolvidable. –“Él hablaba como los hombres de aquellos tiempos”.

A cada movimiento,  cruje la holgada bata de tafetán, de inmaculada blancura, sólo interrumpida por el rebrillar del oro de las medallas y el tricolor de las cintas que las sostienen sobre el pecho amplio de esta matrona que arrulla sus últimos años con el recuerdo de los días de gloria de la patria amada. Bajo la cascada de plata de sus cabellos, las cejas que clarean, y, más abajo, los ojos vivaces que llamean aún con fuego juvenil.

El encaje que bordea el cuello y las mangas de la bata es acariciado frecuentemente por las manos regordetas de la anciana patriota. La cara ancha, de franca simpática expresión; la piel estirada que ha podido soportar a pie firme el avance inclemente de las arrugas. Y, tachonando a espacios, ese rostro venerable, una constelación de lunares que se alargan hasta el cuello grueso, que se sostiene firmemente entre los hombros amplios.

En su voz no hay apagadas inflexiones, sino, por el contrario, la sonoridad de una voz joven. Voz con temblor de emoción, mecida en el recuerdo lejano:

–Te llamarás “La Cubanita”, desde ahora. Es una orden amiga mía.

Y era una orden cariñosa, pero inflexible, del general Rafael Cabrera, jefe de la zona militar. La columna enemiga del comandante Vázquez había sorprendido en “Las Breñas” el campamento mambí de Antonio González Abreu, y, entre el botín de guerra, quedó la correspondencia comprometedora, firmada por “Guarina”, pseudónimo de Rita Suárez del Villar, capitana de las mujeres que conspiraban en la comarca cienfueguera contra el régimen opresor, y que trasmitían al campo insurrecto los mensajes que venían desde la Junta Revolucionaria de Nueva York en barcos que echaban el ancla en la bahía de la Perla del Sur. Sus aportes de medicinas y alimentos, que llegaban a manos de los soldados del Ejército Libertador, merced a riegosas expediciones, se habían ido convirtiendo en leyenda en los llanos que minaban la línea costera meridional, donde tenían sus campamentos móviles los bizarros mambises del general Higinio Esquerra.

“Guarina” fue siempre para el Generalísimo Máximo Gómez, que la llamaba “mi amada hermana”.

Pero el sobrenombre era conocido ya tanto por los revolucionarios cubanos como por los jefes españoles y la suerte de la valerosa hija del médico Suárez del Villar, andaba por caminos de peligro.

–Tienes que cuidarte para la causa. Necesitamos tus valiosos servicios. Y en ti confían las tropas de estos contornos.

Así completaba su orden el general Cabrera. “La Cubanita” nos lo dice accionando con las manos, que los años han logrado hacer temblonas.

ERA HERMOSA Y LINDA LA HIJA DEL MÉDICO

Años de la sexta década del siglo XIX. Años en que se incubaba en bien abonados campos de cultivo, el germen  de la emancipación. Y el 22 de mayo de 1862, nacía en Cienfuegos Rita Suárez del Villar y Suárez del Villar, hija del doctor José Rafael Suárez del Villar y del Rey y de su prima hermana, la señora Luisa Suárez del Villar.

El abuelo materno, Don Gabriel Suárez del Villar y Armenteros, estaba emparentado con el general Isidoro Armenteros, el mártir trinitario, que casara con doña Micaela del Rey, tía paterna.

Los Armenteros linajudos de la nobleza española (va consultando la capitana mambisa su prodigiosa memoria) aquellos que llevaron el apellido de Guzmán el Bueno.

“La Cubanita” nos lleva hasta el pie del cuadro donde aparece el escudo de armas de los Armenteros. Y nos relata el origen del apellido.

–Cuando el rey estuvo en aprietos, uno de los Guzmán se presentó ante él con sus 16 hijos, armados de todas las armas, prestos a defender al monarca del parentesco. Y el Bueno, extendiendo su diestra, le bautizó:

–“Te llamarás Armenteros, porque armas–enteros caballeros”.

Era hermosa y linda la hija del médico Suárez del Villar. Con su hermana Ana Luisa y sus hermanos José Rafael, (médico como el padre), Victoriano, (que aún vive, también en Cienfuegos), Gabriel y Leónidas, integraba la familia jóven del médico trinitario.

–Leónidas era el padre de Ritica, mi sobrina, que lleva mi nombre. Lo recuerdo guapo y fuerte como era. Así le bautizó Leónidas mi padre, porque decía que era bravo como el héroe de las Termópilas.

Ritica, la sobrina, que presencia la entrevista, asiente ante las frases de la anciana.

Cierto que era linda y hermosa la hija del médico. Pero nacida en épocas en que el ansia libertadora pugnaba por brotar de tantos pechos cubanos, Rita Suárez del Villar, testigo de las actividades del padre

conspirador que trasegaba armas y mensajes con el pretexto de las visitas profesionales en la campiña sureña, no tenía para sus pretendientes más que negativas. Por entonces, sólo un amor la atría: la visión de aquella bandera de la estrella solitaria de Narciso López. Esa bandera, que en réplicas de seda, bordaran por docenas las manos que se conservan frescas y ágiles aún.

EN CIENFUeGOS VIVE UNA

CAPITANA MAMBISA

Rita Suárez del Villar quedó soltera de tanto olvidar a los hombres para querer a su patria. No había más amor que ése. Todavía dura, todavía arde con fuego de pasión en la nonagenaria que habita el chalet “La Cubanita”, en Santa Elena, entre Lealtad y Delicias, reparto Pérez Morales, en La Juanita, Cienfuegos.

Pero hoy se siente madre, pese a su soltería. Es la madre espiritual de Roberto Díaz de Villegas y Dorticós, joven y notable poeta y periodista que reside desde hace varios años en Nueva York, sirviendo a Cuba desde un modesto cargo del Consulado de su país en la metrópoli. Ritica conoció a sus padres. Fue amiga entrañable de su madre. Y el niño que creció en poeta aprendió a amar a la vieja mambisa que le devolvía en cariño sus ternezas de adolescente prendado de las historias de la guerra que escuchaba de los labios de “La Cubanita”.

–En Cienfuegos vive una capitana mambisa– nos ha dicho Roberto, en Nueva York, dos meses atrás. Ella está bordándome una bandera cubana que colocaré en la ventana de mi apartamento, en plena calle 46, para que ondee en medio del tráfago de Times Square.

Y le prometimos ir a conocerla. A oir de sus labios esas anécdotas que emocionaban a Roberto Díaz de Villegas. Teníamos que llegar hasta junto a “La Cubanita”, porque en esta ocasión no podía faltar la

presencia venerable de Ritica Suárez del Villar, la patriota excelsa.

Aquí estábamos frente a ella en amable plática, sintiendo en los ojos resplandecer el cabrilleo de la luz sobre la bruñida superficie de sus medallas gloriosas: la Cruz de Carlos Manuel de Céspedes, las medallas de la Cruz Roja, del Ateneo de Cienfuegos y del Comité Pro Homenaje a Bayamo. Del recuerdo de los hechos patrióticos que consagran esas condecoraciones, alimenta su espíritu esta anciana que

registra el bolsillo de la amplia bata de tafetán blanco, para extraer un sobre arrugado y mostrarnos los papeles, amarillos de vejez, que recogen mensajes preciosos de Máximo Gómez, “el queredor hermano”, Enrique Loynaz del Castillo y don Tomás Estrada Palma.

Recuerda una carta dirigida por el Generalísimo, en septiembre de 1901, al general Higinio Esquerra, carta que conservan las hijas del héroe cienfueguero. Y la anciana nos recita el texto, con una exactitud que sorprende:

“Estimado amigo: Entre soldados, pocas palabras y éstas huelgan. Le recomiendo muy mucho a “La Cubanita”. Usted, como yo, sabe que esa joven representa la bandera. En la época de la matanza, cuando se necesitaban la virtud, la nobleza y la honradez, ella supo serlo más y mejor que muchos hombres de hoy. En el puesto en que usted se encuentra hoy, proceda con confianza y decisión y no le tenga miedo a nadie.

“Suyo afmo., Máximo Gómez”.

Durante un año, de 1900 a 1901, sirvió “La Cubanita” a su patria en la paz, con igual devoción que lo había hecho en la guerra. Pero esas cualidades –virtud, nobleza y honradez– chocaban contra intereses más altos. Y solamente un año pudo sostenerse como directora de una escuela pública, la número ocho, situada en Cristina y San Carlos, en su ciudad natal.

CUANDO QUISIERON ASESINAR A LA “CUBANITA”

No se advierte nerviosismo alguno en Ritica cuando nos relata el complot fraguado por el coronel Ramos Izquierdo, jefe militar de Cienfuegos, para darle muerte.

–Era un día de diciembre de 1895. La guerra iba cobrando fuerza y los españoles perseguían con saña a los que ayudaban a los insurrectos. Yo me había hecho sospechosa. Ramos Izquierdo sabía que “Guarina” y yo éramos la misma persona. Ese día, Luis Levy, uno de los conspiradores, vino desolado a mi casa, en la calle de San Fernando, para avisarme que sacara todos los documentos que tenía en mi poder, pues iban a registrar la casa. No me sentí ni un pelo de nerviosa. Puse mis “papeles” a buen recaudo y esperé tranquila la visita de Ramos Izquierdo y sus soldados. Lo único que me alarmó un poco fue que habían apagado las luces del gasómetro que alumbraba esa zona de Cienfuegos. En la noche oscura, la voz del estirado oficial español, resonó amenazadora, mientras señalaba una bandera mambisa que asomaba en mi costurero: “En esa bandera te voy a envolver para arrastrarte por las calles de Cienfuegos, traidora”. Revolvieron toda la casa y nada hallaron. Pero, durante unas semanas, me tuvieron estrechamente vigilada, inmovilizándome casi en mis gestiones para envío de ropas y medicinas a nuestras tropas.

DOS HÉROES ANÓNIMOS

El club “La Cubanita” tenía comunicación con los montes de Trujillo por Rodas, por Cruces y por el central “Parque Alto”. En las veredas, las patrullas insurrectas encontraban bien escondidos, en lugares señalados de antemano, los sacos repletos de quinina y otras medicinas, ropas y alimentos. La correspondencia de Nueva York llegaba regularmente a su destino, en plena campiña, por el conducto valioso de la hija del médico Suárez del Villar.

Ritica recuerda a dos héroes anónimos de esta jornada. De uno, puede decir ahora el nombre y señalar cómo servía a la causa:

–Era don Tiberio García.

 Uno de sus hijos peleaba con los mambises. Don Tiberio traía desde Nueva York la correspondencia revolucionaria y la depositaba en mis manos. Además, se hacía cargo de llevar a los vapores americanos, atracados en el puerto de Cienfuegos, los mensajes de tierra adentro, para que llegaran a poder de la junta neoyorquina. Su hija, Aniana García, era miembro del club nuestro y cosía mucha ropa para los revolucionarios.

Una pausa. Durante toda la charla, se ha vuelto en el sillón en que se

arrellana docenas de veces, para escupir al suelo. Es el único sintoma de nerviosismo que captamos en ella:

–El otro era un joven mestizo. Nunca he vuelto a ver, después de aquel día 16 de julio de 1897. Llegó a la casa de San Fernando 134, en un momento de crisis. Teníamos noticias de que los españoles aparecerían de un instante a otro, para registrar la casa. En un rincón, debajo de la cama, había dos grandes sacos de medicinas y ropas. Y una caja con documentos comprometedores. El joven mestizo había sido mandado para saber de unos arreglos de albañilería que era necesario realizar en la casa. Sin pensarlo dos veces, al ver a aquél hombre, me agarré de mi última tabla de salvación:

–¡Coja esos dos sacos!– le ordené. ¡Llévelos a la fundición de don Diego Clark! ¡Y no le diga a nadie qué es lo que lleva ahí!

–Me miró en silencio, un minuto o dos. Y, sin decir palabra, cargó los sacos y partió con paso diligente. Los sacos llegaron a su destino. Del joven mulato nunca supe más. ¡Mire que he hecho por hallar su paradero! Pero ha sido inútil.

OTRA SUPERVIVIENTE DEL CLUB “LA CUBANITA”

Muy pocas veces ha tenido que preguntar algo el periodista a Ritica. Ella va desarrollando en su charla, como una cinta cinematográfica, los episodios descollantes de sus actividades revolucionarias. Pero tenemos interés en saber algo. –¿Quiénes formaron parte del club “La Cubanita”?

La respuesta está encerrada en este certificado, que firma don Tomás Estrada Palma, como delegado plenipotenciario de la República de Cuba en Nueva York, y que lleva la fecha del siete de marzo de 1899:

“Certifico: Que el club “Cubanita” de Cienfuegos, compuesto de Rita Suárez del Villar, Presidenta; Antonia Clark, vicepresidenta; Dolores Suárez del Villar, tesorera; Martina Torralbas, secretaria; Flora Dorticós, subsecretaria; Caridad García, Aniana García, Amalia González, Elvira Reyes de Cárdenas, Natividad Hernández, vocales; doctor Carlos Trujillo y Tomás Estrada Palma, presidentes honorarios, prestó muchos y muy importantes servicios a la causa de Cuba durante la última guerra de independencia. Por medio del expresado club, se transmitía con frecuencia del exterior correspondencia oficial y particular al campo de la contienda, y se recibiría muchas veces la procedente de allí.

“Además, en los archivos de esta Delegación se conservan numerosos documentos que acreditan los envíos hechos por el club “Cubanita” a distintos jefes, de medicinas, ropa, etc., destinado al Ejército Libertador.

“Y para los fines que se estime conveniente, se expide este certificado que firmo y fecho en Nueva York a siete días de marzo de 1899. T. Estrada Palma”

CHIBÁS: EL LÍDER

 INOLVIDABLE

La tarde se va haciendo noche a marchas forzadas. Un breve comentario sobre la situación del hijo espiritual, Roberto Díaz de Villegas, en Nueva York.

La charla continúa poblándose de imágenes. En la sala cargada de pergaminos, cuadros y efigies, se escucha como el apagado toque de la diana mambisa. Hay rumos de chocar de aceros, corceles y descargas cerradas de fusilería.

La estancia va sumiédose en penumbras. Pero en la cabellera blanca de la anciana que no cesa de hablarnos de la epopeya, “hay luz de estrella”.

“Usted, como yo, sabe que esa joven representa la bandera”. La frase de Máximo Gómez, el “queredor hermano”, está vigente aquí, en esta gruesa anciana de noventa años, que borda aún, en seda, la estrella solitaria sobre el triángulo rojo del lábaro patrio.

Ya en los umbrales de la leyenda, “La Cubanita” vuelve la vista hacia nuestros días y la posa en una foto de buen tamaño de Eduado Chibás, que cuelga de la pared.

–Él hablaba como los hombres de aquellos tiempos. Yo lo oí muchas veces, por radio. Cada domingo, a las ocho, estaba pendiente de sus

palabras. Cuando murió. Sentí que se anotaba una baja en las filas mambisas. Porque en las palabras de Chibás había mucho de las ideas que impulsaron a los hombres que conocí en la lucha por redimir a Cuba.

El índice se levanta a la altura de los ojos:

–Estos ojos, hijo mío, estos ojos que pronto se cerrarán para siempre, vieron pasar los días difíciles de la guerra y el arribo de la paz y de la República. Y quiero cerrarlos cuando Cuba vea asomar días más felices.

Los ojos vivaces de Ritica Suáres del Villar, que no pierden el brillo juvenil, ni la humedad. Esos ojos cuyas pupilas se dilatan en la sombra, han visto el desfile de cincuenta años de república, desde ese pedazo de manigua mambisa que es el chalet “La Cubanita”, de la calle Santa Elena, en Cienfuegos.

Allí dejamos, cargada de años, abrumada de recuerdos, revolviendo amarillentos papeles que le hablan de días gloriosos, recitando largos poemas de Luisa Pérez Zambrana, pendiente del destino de la isla amada, “La Cubanita”, que se quedó solterona de tanto olvidar a los hombres para querer a su patria.

Allí la dejamos con ademán de afecto en la despedida, plegados los labios por una sonrisa dulce, como aquella que acogió la orden cariñosa del general Cabrera:

–Te llamarás “La Cubanita”, desde ahora. Es una orden, amiga mía.

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