LA VERDAD SOBRE LA MUERTE DE MARTÍ

Written by Libre Online

22 de junio de 2022

Por OLIVERIO I. LÓPEZ-HIDALGO (1955)

Este es el país de las leyendas. Cada día se forja una nueva sobre los hechos pasados o presentes. En cambio, sólo una minoría conoce la verdadera historia de Cuba. Y así se parte de bases falsas en lo político y social, para arribar a conclusiones más erróneas todavía.

Entre las nuevas leyendas, acaba de aparecer una flamante versión de la muerte de Martí,  en la que se afirma que Martí fue hecho prisionero y asesinado a tiros de revólver por un guerrillero llamado Antonio Oliva (por apodo «Olivita»).

Como esto contradice los testimonios más autorizados que poseemos sobre tan luctuoso hecho, voy a permitirme recordar tres, de concluyente significación, para que se juzgue si debemos abandonarlos para aceptar una verdadera novela.

Los testimonios realmente históricos a que me refiero, son los del ilustre Generalísimo: Máximo Gómez; Manuel Piedra Martel, coronel del Ejército Libertador, y el brillante general Enrique Loynaz del Castillo.

Los dos primeros tomaron parte en el combate de Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, para averiguar todo lo referente a la muerte de nuestro insigne Apóstol, estudiar el terreno del combate y levantar planos; en fin, para agotar todos los medios de investigación y juicio, a fin de que quedara definitivamente esclarecido, históricamente, ese triste hecho de nuestra lucha por la libertad.

Dice el general Máximo Gómez en su «Diario de Campaña»: Mayo 19.-«El 19, a la Vuelta Grande, en donde encuentro al General Bartolo Masó con más de 300 jinetes —y Martí y mis ayudantes.

«Pasamos un rato de verdadero entusiasmo.

«Se arengó a la tropa y Martí habló con verdadero ardor y espíritu guerrero; ignorando que el enemigo venía marchando por mi rastro y que la desgracia preparaba a nosotros y para Martí, la más grande desgracia.

«Dos horas después, nos batíamos a la desesperada con una columna de más de 800 hombres, a una legua del campamento: en Dos Ríos.

«Jamás me he visto en lance más comprometido —pues en la primera arremetida se barrió la vanguardia enemiga, pero enseguida se aflojó, y desde luego, el enemigo se hizo firme con un fuego nutridísimo; y Martí, que no se puso a mi lado, cayó herido o muerto en lugar donde no se pudo recoger y quedó en poder del enemigo.

«Cuando supe eso, avancé solo hasta donde pudiera verlo.

«Esta pérdida sensible del amigo, del compañero y del patriota; la flojera y poco brío de la gente, todo eso abrumó mi espíritu a tal término, que dejando algunos tiradores sobre un enemigo que ya de seguro no podía derrotar, me retiré con el alma entristecida.

“¡Qué guerra esta! Pensaba yo por la noche; que al lado de un instante de ligero placer, aparece otro de amarguísimo dolor. Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma podemos decir del

levantamiento!”

«Cuando Martí cayó, me había abandonado y se encontraba solo, con un niño que jamás se había batido: Miguel (sic) de la Guardia.» (Ángel Guardia.) «Y esto no obstante que cuando ya íbamos a enfrentarnos con el enemigo, le ordené que se quedase detrás; pero no quiso obedecer mi orden y no

pudiendo yo hacer otra cosa, que marchar adelante para arrastrar a la gente, no pude ocuparme más de Martí. A poco me encuentro casi solo, a 50 varas del enemigo por nuestro flanco izquierdo; y dirigiéndome al centro encuentro a Guardia que se retiraba con su caballo herido, y me da la triste noticia de Martí muerto o herido» (páginas 335 y 336).

Como se ve por los datos que aporta el general Gómez en su «Diario de Campaña», sólo Ángel Guardia presenció la caída de Martí; la caballería de Máximo Gómez y Bartolomé Masó fue completamente rechazada por la infantería de Jiménez de Sandoval, —lo que nada tiene de excepcional ya que eran trece a catorce infantes contra cada jinete—; Máximo Gómez quedó anonadado; y es una leyenda decir que intentó rescatar el cuerpo de Martí, —como se ha escrito hasta en recientes libros de historia.

Se ve también que Máximo Gómez no dejó a Martí en el campamento, que abandonaron todos, en tropel, para cruzar el río, —que estaba crecido—; sino que, ya en marcha, desordenada, de caballería, le ordenó «quedarse detrás» de la fuerza; pero que Martí, lleno de brío y entusiasmo, no le hizo caso, pasando el Contramaestre con parte de la fuerza y cargando sobre los españoles.

Ahora veremos que el coronel

Manuel Piedra, en su imprescindible libro para conocer la historia de la campaña de la Independencia, intitulado «Mis Primeros Treinta Años», corrobora el testimonio de Máximo Gómez.

Escribe Piedra: «El discurso de Martí nos enardeció sobremanera. Y hallándonos todavía bajo la influencia de su palabra de fuego, se oyeron unos tiros, y seguidamente llegó al campamento un ranchero, anunciando que los disparos habían sido hechos a él por una tropa española que se dirigía hacia Vuelta Grande. Eran alrededor de las once de la mañana. A la voz del general Gómez todos montamos presurosos a caballo y salimos tras él a galope, en la dirección que había dicho el ranchero que traían los españoles.»

«El terreno por este lado del río es llano y despejado, propio para los movimientos de la caballería, y continúa así hasta algo más allá de Dos Ríos, donde se ensancha. Aquí deseaba encontrar el general Gómez al enemigo, como el sitio más adecuado para cargarlo con el mayor número posible de aquellos trescientos y tantos jinetes que constituían nuestras fuerzas Pero habiendo recorrido toda la distancia, algo más de una legua, que separaba nuestro campamento del mencionado sao, sin encontrar a los españoles, y suponiendo que estos hubiesen pasado a la otra margen del río, también lo cruzamos nosotros, siempre con el propósito de librar la acción en el sitio designado. En el orden de marcha que traíamos, el general Gómez estaba en el centro con Martí, los generales Masó y Paquito Borrero y la mayor parte de los demás jefes, formando un grupo de cincuenta a sesenta entre todos. El primer vado que encontramos había sido rehusado por la vanguardia, porque al práctico que la guiaba le pareció peligroso, teniendo en cuenta que el río estaba muy correntón en aquellos momentos, a causa de recientes lluvias. Pero no juzgándolo de la misma manera el general Gómez, se lanzó por allí con el centro de la columna, mientras la cabeza de la misma, a la cual se le había ordenado retroceder, se hallaba aún distante, y su cota o retaguardia no había llegado; de manera que sus distintos elementos de marcha quedaron desarticulados, de este modo: el centro, del lado allá del río y la vanguardia y la retaguardia, del lado de acá.

«Cruzado el Contramaestre por aquel lugar, el camino que había que seguir para llegar al sao de Dos Ríos entraba muy angosto, por una finca llamada Casa de Pacheco, entre un monte firme y una alambrada a nuestra izquierda, y altos y tupidos maniguales con algunos árboles, a la derecha. Por allí siguieron galopando los jinetes del centro de nuestra columna, con el General en Jefe al frente. Tropezaron con una guardia enemiga dentro de unos matorrales y la aniquilaron en un momento; pero al desembocar en el espacio limpio que se extendía delante de la casa de vivienda de Pacheco, se encontraron con toda la columna española, ya prevenida por los disparos hechos por su guardia avanzada. El orden de batalla de los españoles era el escalonamiento por compañías, estando el primer escalón apocado por su izquierda en la margen del río, y los demás, reforzándose uno a otro en línea oblicua, prolongaban el frente a la derecha. «Recibidos nuestros jinetes con vivísimo fuego de fusilería, fueron contenidos dentro de las maniguas, donde algunos echaron pie a tierra para combatir como dragones. Parece que fue este el momento en que Martí, acompañado de Ángel de Guardia, se adelantó fuera de los abrigos que ofrecían los matorrales hasta aproximarse a la casa de Pacheco, o hasta llegar a ella tal vez, cayendo mortalmente herido de un balazo, y resultando también herido el caballo que montaba Ángel de la Guardia.» (Coronel Manuel Piedra Martel. «Mis Primeros treinta Años». Memorias. Editorial Minerva», 1944, págs. 151-154.)

 Dice el general Loynaz (que, entre otros, les tomó declaración al capitán Prefecto José Rosalía Pataco y a su señora —andaluza—, amigos y adoradores de Martí), que pasado el vado, había dos caminos: uno, a la izquierda, (que siguieron el general Gómez y su gente— unos cincuenta o sesenta, según el coronel Piedra), y otro, derecha, que costeaba el Contramaestre, (que fue el que siguiera Martí, el coronel Bellito y unos veinte hombres). Este camino llevaba a la casa de Pacheco, —cerca del río.

Según los datos recogidos por el

general Loynaz del Castillo, Martí  iba al frente de ese grupo, y Bellito le seguía. Atacaron a un pequeño destacamento que hallaron al paso, y la lucha se extendió hasta el interior de la casa de Pacheco, en cuya sala, peleando cuerpo a cuerpo cubanos y españoles, derribaron la mesa de comer y un tinajero. La señora de Pacheco, que estaba almorzando con sus pequeños hijos, huyó y se ocultó con ellos debajo de la cama del cuarto contiguo; y desde su escondite, aterrorizada, oyó la voz de Martí arengando a los cubanos.

Pero el coronel Bellito cayó mortalmente herido, y los suyos lo cargaron y se lo llevaron. Y Martí, que en su desenfrenada carrera no pudo darse cuenta de ello, fue a chocar contra un grupo de tiradores oculto entre unos árboles y cayó atravesado por tres balazos de «Remington», —que era el arma que al principio de la guerra usaba el ejército español. El informe del general Loynaz está en el «Diario de la Marina» de marzo 1 de 1953, página 46 y se titula «La Última Etapa de Martí».)

Entre tanto, Manuel Piedra, en medio de maniguales que estorbaban la vista, en compañía de un vasco que luchaba por Cuba, trataba de unirse —desarmado— al grueso de la fuerza, «cuando apareció Celedonio Rodríguez, —escribe—, diciéndonos al pasar:

«—Creo que a Martí lo han muerto.

«Y seguidamente llegó el general Masó, diciéndonos lo mismo; segundos después vimos a Ángel de la Guardia que, saliendo de un poco más a nuestra izquierda, nos dijo:

—Creo que a Martí lo han matado.

—¿Dónde cayó? —lo pregunté.

—Por allá —me dijo señalando con la mano.

—¿Tú lo viste caer? —volví a preguntarle.

—Estábamos juntos —me respondió.

—¿Y cómo lo dejaste? —le interrogué de nuevo.

—Traté de echármelo a cuestas, pero no pude —me contestó.

«Inmediatamente vimos venir al

general Gómez seguido de Paquito Borrero y las demás gentes, ya en retirada. Poco después hicimos alto en un limpio del terreno, donde los generales Gómez, Masó, Paquito Borrero y demás principales jefes deliberaron unos cuantos minutos. Cuando, sin conocer yo el resultado de sus deliberaciones, vi que íbamos a proseguir la retirada, le dije al general Masó que tal vez Martí no estuviera muerto, sino herido y dentro de algún maniguazo; que si nos marchábamos dejándolo, el enemigo, al reconocer, como es de costumbre, el campo donde se había librado la acción, se iba a apoderar de él; y señalándole a un joven oficial —Ramón Garriga— “(hoy coronel y presidente del Consejo Nacional de Veteranos de la Independencia)”, que por haberlo visto yo siempre al lado de Martí lo creía su ayudante, le propuse que nos dejara a los dos allí para registrar la manigua. El general Masó me contestó con acento de autoridad:

—”Eso se hará cuando se pueda y se ordene”. (Coronel Manuel Piedra Martel, “Mis Primeros Treinta Años”. Memorias. Págs 151–154)

Poco después Gómez siguió rumbo a Camagüey, con una insignificante escolta, y seriamente enfermo con gripe, y bajo torrenciales aguaceros y los ríos crecidos. Y Masó retornó a la región de Bayamo. (Véase la descripción de ello en el citado «Diario de Campaña del Mayor General Máximo Gómez».)

Las fuerzas que cinco días después trataron de rescatar el cuerpo de Martí de la columna española que lo trasladaba desde Remanganaguas, fueron las de Quintín Banderas y Jesús Rabí. (Véase el libro de Gerardo Castellanos «Los Últimos Días de Martí».)

Dice el Generalísimo en la aludida carta a Miró refiriéndole la acción: «Por nuestra parte, la baja sensible de José Martí, cuyo cadáver no se pudo recoger, pues en la confusión de la arremetida, debido a su valor temerario y a la fogosidad de su caballo, traspasó los límites que la prudencia aconsejaba defender. El Delegado, no obstante que le dí orden, ya cerca del enemigo, de que se quedara detrás, no quiso obedecerla y siguió, separándose de mi lado. La gente novicia no me siguió en la carga sostenida, a pesar de mis esfuerzos por arrastrarla, y aunque fue deshecha su fuerza de vanguardia» (de los españoles), «su centro quedó entero, y fácil le fue nutrir sus fuegos, que no era posible apagarlos con los disparos mal dirigidos por nuestros jinetes. Necesario fue retirarse a distancia conveniente y esperar; el enemigo no avanzó y emprendió su retirada por caminos no a propósito para ser perseguido por caballería.» (Gerardo Castellanos C «Los Últimos Díaz de Martí», página 317).

 Y el general Masó, en la citada carta a un sobrino suyo, le decía: “Martí ya sabrás el desgraciado fin que tuvo. Murió por su arrojo y valentía: cuando vinimos a apercibirnos ya no fue posible recoger su cadáver”. (Ibid., pág. 329.)

Dejando aparte toda consideración que no sea el testimonio de cómo murió Martí y concretándonos a éste, hay que hacer resaltar, con los de sus compañeros de combate Máximo Gómez, Bartolomé Masó y Manuel Piedra, que sólo Ángel Guardia estaba junto a Martí cuando cayó acribillado a balazos. Por tanto, lo único que podemos afirmar históricamente, es que murió peleando por Cuba, frente al enemigo, en el combate de Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895. Todo lo que se salga de eso, no es más que una inverosímil

novela; no historia.

Temas similares…

UNA FECHA GLORIOSA

UNA FECHA GLORIOSA

Nunca tanto como ahora luce con magníficos relieves la gran fecha norteamericana. Porque si el 4 de Julio fue siempre...

0 comentarios

Enviar un comentario

EnglishSpanish