LA FACETA HISTORIADOR EN JEFE DE PUTIN

22 de junio de 2022

El anecdotario de la década 1930, período crucial para Gran Bretaña y para el mundo, ha retenido una frase con la que en 1936 Winston Churchill replicó a Stanley Baldwin durante un debate en la Cámara de los Comunes: “la Historia dirá que el equivocado es usted, y si estoy seguro de ello es porque soy yo quien va a escribirla”. Y desde luego que lo hizo, obteniendo de paso en 1953 el Premio Nobel de Literatura gracias a sus discutibles Memorias.  Los políticos y los dirigentes han manifestado siempre una gran determinación en maquillar los hechos en los que han participado como protagonistas, sin perjuicio de sus ideologías respectivas.  Sobran ejemplos y podríamos ir hasta la Antigüedad para ilustrar tal aserto. Fidel Castro resultó ser paradigmático en la materia. Cuando no lo hizo directamente echó mano a escribas incondicionales para dejar tras sí las mistificaciones más descaradas y descabelladas.

Vladimir Putin lleva por su parte años en el empeño. Ese afán metódico de reescritura de la historia rusa se ha puesto de manifiesto en los últimos meses cada vez que ha proferido declaraciones con las que trata de justificar la invasión a Ucrania, una acción cuyo objetivo evidente es destruir a ese país-nación sobre la base de seculares enfrentamientos entre dos de los pueblos que componen Europa Oriental. Nicolas Werth acaba de analizar ese contexto en un corto ensayo de 64 páginas puesto a la venta a principios de mes en París. (1).

Werth es uno de los historiadores que corrieron a Moscú cuando se produjo la breve apertura parcial de los archivos soviéticos en 1990. Otros que se aprovecharon de aquella pifia fueron Françoise Thom y Stéphane Courtois. Alrededor de esa fecha fue fundada Memorial, ONG rusa con ramificaciones en decenas de instituciones internacionales,  y a ella se sumó este prestigioso profesor francés que preside su antena francesa. Dos meses antes de que se desencadenara la invasión contra el país vecino la Corte Suprema rusa la disolvió  liquidando de esa manera los trabajos científicos que estaban permitiendo mirar hacia el pasado del país y de sus etapas más sombrías. Fue un paso más del autócrata Putin que quiere amordazar para siempre toda voz discordante para con el «recuento nacional oficial»,  construyendo una masa de embustes hilvanados ininterrumpidamente desde el zarismo hasta esta guerra asesina que acaba de desencadenar.

Las cosas ya habían comenzado al final del gobierno de Boris Yeltsine. Cuando en aquellos años veíamos en las informaciones a grupos de rusos con banderas de la extinta URSS manifestándose en la Plaza Roja a fin de marcar fechas significativas como el desencadenamiento de la Revolución Rusa en 1917 o el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, la tendencia que prevalecía entre los conservadores externos era sonreír, calificando de trasnochados a sus protagonistas. No eran tales.  Al mismo tiempo escuché más de una vez en boca de rusos que viven en Francia desde hace décadas frases que denotaban la certitud de que su país era menospreciado y víctima de un Occidente malévolo.  Aquellas acciones, por sutiles que pudieran mostrarse, eran la materialización de un sentimiento chovinista que llevado al país entero permiten comprender por qué la opinión pública rusa está en su mayoría apoyando a sus actuales dirigentes políticos y militares. Los pueblos solemos ser desmemoriados: Putin y su claque no lo ignoran y actúan en consecuencia.

Es catalizando y estimulando tal conjunto de maneras de apreciar la Historia con mendacidad que Putin se torna hacia el pasado ruso, condicionándolo a que sea obediente en su integralidad a un principio cardinal: servir «como principal fuente del poder pasado y presente de Rusia y de su futuro». Para este peligroso individuo, detentor del botón rojo que puede desencadenar armas nucleares, gobernar ha devenido también historiar fabricando cuentos que estructuren el presente a partir de un pasado totalmente inventado sacado de contexto con extrema desfachatez. Es en ese marco que hay que tratar de entender sus justificaciones para a toda costa equilibrar semánticamente la invasión a Ucrania con desnazificación.

Con la mayor desfachatez que pueda concebirse, este hombre que ha apostado por asumir a lo que de lugar el pasado soviético, manipula las realidades que fueron las deportaciones y las ejecuciones masivas presentes en el pasivo nacional. Fueron aquellas exacciones actualmente no sujetas a contestación, realidades que sobrepasaron cualitativa y cuantitativamente a los peores crímenes del nacionalsocialismo alemán.  Con él comparte Rusia un odioso antisemitismo que sumaban como objetivo a reprimir la disidencia no comunista.

Es obrando en ese sentido que han sido conectados arbitrariamente bajo Putin, lo que los turiferarios locales llaman «tejer los hilos de los tiempos». Hechos inconexos como ha sido sepultar a Nicolás II y su familia en la catedral de San Petesburgo con un supuesto renacimiento ruso a partir de la «reconquista» de Crimea forman parte del esquema. Es así que hacen funcionar el mito zarista enlazado al bolchevismo con el putinismo con Stalin a medio camino entre ambos. Lo malo es que pese a todo lo mal que vive el ciudadano de a pie hoy en Rusia, se ha creado en una parte significativa de la opinión la aceptación de una idea consistente en cierto pasado fue mejor comparado a un presente a pesar de que sea autoritario y carente de verdadera democracia. Asumen que en la sociedad anterior no eran libres pero se gozaba de estabilidad y de un plato de comida asegurado.  No querrían aceptar pues la proposición de un nuevo mundo ruso a la occidental que de todos modos la novohistoria les está describiendo como hostil y potencialmente antiruso.

Con un ingente arsenal jurídico que hace pensar en el que el diazcanelismo protocastrista desarrolla en Cuba, el estado ruso ha venido creando desde junio de 2012 estructuras cuya misión es «unir al país alrededor de valores esenciales de patriotismo, de conciencia cívica y de lealtad al Estado». Naturalmente como todo trabajo ideológico a largo plazo, los manuales escolares y universitarios han sido reescritos, con la declarada vocación de «expresar una perspectiva única y un punto de vista oficial correspondiente a los intereses geopolíticos de Rusia». Más claro, imposible. En medio de esos aspectos “intelectuales” han magnificado una propaganda tendenciosa y la persecución a opositores y a miembros no dúctiles de la sociedad civil.

Es evidente que la indiferencia de la política exterior de Estados Unidos durante los ocho años del obamaísmo han contribuído no poco a que Vladimir Putin se envalentonara. El regreso a la Casa Blanca en enero de 2021 de los mismos componentes fatales del ejecutivo americano no han podido sino asegurarlo en cuanto a que ha venido tomando las decisiones correctas. Joe Biden no le mete miedo.  Será cuestión de observar si el valiente pueblo ucraniano puede lograr pararle la jaca a este odioso representante de las tinieblas rusas. De momento solo estamos aportando buenas intenciones y oraciones, muy poco ante la gravedad y la injusticia de las circunstancias.

(l) Poutine historien en chef , de Nicolas Werth, Ediciones Gallimard, Colección Tracts 2022 (no traducido al español)

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