Experiencias en la Policía por un cubano de 88 años combatiente

Written by Libre Online

15 de junio de 2022

Fui un muchacho guajiro, me gustó ser justo, y en mi familia vivíamos ayudando a los vecinos a pesar de que era un barrio en donde vivían muchos comunistas; me crié dentro de ellos.

Como muchacho al fin los visitaba porque eran vecinos y conocía todo lo que hacían ellos incluyendo los que pagaban o no el carnet. Nunca me gustó el ejército, pero si la policía y un dia ingresé a ella alrededor de enero del 1957 con la placa No. 51 en la estación San Fernando de Camarones en las Villas.

Alrededor de los dos meses fui a pasar la escuela de regimiento, fui aprobado con el número 6, después me incorporaron a la sección de San Fernando de nuevo.

Al cabo de 4 meses me hicieron una permuta con un policía de San Fernando de Camarones; el suegro era teniente del ejército. Me sorprendió la noticia cuando me dijeron que yo iba a la estación de Vueltas… y allí empezó mi calvario.

En una fiesta de la patrona de la Candelaria de mi pueblo habían dos grupos: ñañacos y jutio, que era una competencia de carrozas, changüí y voladores, pero los revolucionarios del 26 de julio explotaron algunas bombitas para interrumpir la fiesta; como novato en la estación los peores ejercicios nos tocaban y fui a buscar a un revolucionario del pueblo por orden del teniente.

Se formó un meneo raro y nadie encontraba a nadie, pero otro policía nuevo me dice: me mandaron a buscar a un tal Muñí y le di la dirección en donde estaba y lo llevaron a la estación, pero era empleado del suegro del teniente y como ya se imaginan a la media hora lo soltaron. Solamente quedaba uno, el que yo traje, el otro revolucionario era el cuñado del teniente llamado Nana Tití, pero no aparecía, le dije al teniente: ¿quiere que lo valla a buscar? No, vamos a esperar me contestó.

A las 12 p.m. me tocaba la puerta de la estación hasta las 6 a.m., cuando me entregaron las llaves de los calabozos vi que solo había uno, al que yo había traído; abrí la puerta y le dije: te puedes ir, me dice: ¿me puedo quedar en la puerta de la estación hasta que sea de día? Le dije no, vete que nadie te va a parar en el camino.

A las 3 am se apareció el teniente del área rural y me dijo: ¿y el preso? Le dije: lo solté. Me pregunta ¿en dónde está el teniente de la policía? Le respondí: no sé. Muy enfadado me dijo: vamos para la capitanía mañana temprano para decirle que en la jefatura de policía duermen los revolucionarios; conteste: no.

Vamos al regimiento para decirles que donde duermen los revolucionarios es en su casa; le dije: desde luego uno era el cuñado suyo y nadie se atrevía a buscarlo, pero yo sí; el famoso Nana Tití.

Me quedé esperándolo temprano hasta que llegó y me dijo: vamos a dejar esto así. Le dije lo esperaba, estoy dispuesto a ir a donde usted quiera.

Ahí se darán cuenta los lectores que siempre me ha gustado ser justo. Ese mismo día por la tarde llegó un telegrama a la estación de policía: «Pedro López» que se presente a la ayudantía del regimiento con todas sus pertenecías, a eso le decíamos nosotros «voy con un cohete en el fondillo». Al llegar me mandaron a la compañía y allí estaba aquello lleno de soldados y casquitos, llega un teniente de apellido Morales, había una pila de fusiles, gorras y ropa y nos dijo: fusil y canana que vamos para el Escambray; había otros tres o cuatro policías en el grupo, cogí un «garan» de las armas que había y le dije: ropa no, yo soy policía no soldado.

Inmediatamente empezaron a formar las escuadras, yo caí en la escuadra de un sargento llamado Ferrer que fuimos vecinos y conocidos. Montamos en un camión para Sancti Spíritus, allí había unos cuantos oficiales esperándonos, al pasar lista cuando mencionaron mis apellidos López Cristo, un capitán del ejército me preguntó: ¿eres hijo del isleño? Le dije: sí. Me preguntó ¿tu abuelo es Antonio Cristo? Le dije: ya murió.

Me dijo: tu abuelo era compañero de mi padre en la guerra del 98 y salimos para la loma; caímos en una emboscada que ya había pasado anteriormente entre dos lomas y que era un lugar muy peligroso; la suerte mía fue un tronco muy grueso para acostarme atrás de él, pero las ráfagas de la ametralladora me llenaron los zapatos de tierra. Cuando informé de donde me estaban tirando mandaron a tirarle con una basuca donde se veía el canto de una loma.

Cuando me viré boca arriba y veo la causa del disparo, nos paramos, ya se había acabado el tiroteo, la respuesta mía fue la siguiente: «Si le mandan un aviso no hubieran tenido que enviar el cohete».

Al otro día a las 3 p.m., llegamos a una finca llamada «La Felicidad», había mucho ganado y el mayoral de esa finca se había ido para el pueblo, la casa estaba abandonada, el agua de esa casa llegaba por un tubo de un manantial que había, al pasar lista en ese momento el capitán, que era hijo de un veterano compañero de mi abuelo me llamó y me dijo: toma este maso de llaves, en ese cuarto no puede entrar más que tú, te voy a mandar 3 cocineros y 3 ayudantes, le dije: -de esto no conozco nada- me dijo: ellos saben y así vas aprendiendo.

Allí pase dos o tres meses en esa función, me acuerdo cuando se estaba acabando la carne, se lo dije al capitán y me señaló a un potrero y dijo: mira como hay ahí. Le dije: gracias… A las dos horas estábamos comiendo carne.

Cuando se terminó el Escambray mandaron a recoger las tropas de vuelta para el regimiento, el sargento Sacarías de la comisaria me dijo: tienes $30 pesos sobre el sueldo para que te hagas cargo de una comisaría que vamos a poner al lado de La Cochiquera, y le dije: -no acepto, yo me voy-, me respondió: ve a ver si puede. Y no fuí.

 Pedro López Cristo

Miami, Fl.

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