EL HOMBRE DE LA CALLE

Written by Libre Online

22 de junio de 2022

Un artículo de Agustín Tamargo (1957)

El hombre de la calle quiere saber qué pasa, qué va a pasar en este país. Va a su trabajo, vuelve, compra el periódico, lo lee, oye la radio, conoce las noticias; pero así y todo, insiste en preguntarle a quien estima más enterado que él. ¿Cómo saldremos de esto? ¿Será verdad lo que me dijeron hoy, que Fulano y Mengano… etc., etc. ¿Tú crees posible que la Junta… etc., etc., etc?

Así, en todas partes, en la guagua o en el café.

El hombre de la calle quiere que alguien le explique por qué ocurren las cosas que ocurren. Quiere que se le diga por qué figuras que pertenecen a la misma generación, que tienen casi la misma edad, que estuvieron en el mismo partido y que, si se les mira bien, persiguen los mismos fines, andan, sin embargo, cada una por su lado, en vez de marchar unidas. El hombre de la calle sabe que están pasando cosas graves, que van a ocurrir hechos trascendentales, pero apenas comprende ciertas actitudes.

El hombre de la calle está consciente de una cosa: en su país hace cinco años que falta la libertad, hace cinco años que él no puede determinar por su voluntad quién ha de ser Alcalde, o Representante, o Presidente; hace cinco años que no hay elecciones libres en los sindicatos, que mueren los ciudadanos ametrallados en las calles, que no se puede salir del país sin permiso de los que mandan (como en Rusia) y que sí protesta, aunque sea bajito, le arrancan la cabeza, porque hasta debajo de las piedras están escondidos los chivatos.

El hombre de la calle se hace mil conjeturas. Piensa: «Esta no es una cuestión de personas, sino de métodos. El método que hemos empleado hasta ahora no sirve. ¿Por qué, si todo el mundo piensa igual que yo, no nos unimos sin mirarnos siquiera las caras, ni preguntar a qué partido pertenecemos, y cambiamos de método? ¿Por qué somos más torpes que algunas bestias, que saben agruparse por instinto ante el peligro común? ¿Por qué perder lo grande por detenernos en lo pequeño? ¿Por qué aferrarnos a este hoy mezquino, cuando el mañana, que viene con el sol, puede estar lleno de promesas.

No entiende, desde luego, el hombre de la calle, ese lenguaje que hablan algunos líderes. Para él es todo simple. Si le dejaran hablar directamente, con otro hombre de la calle como él, de la acera de enfrente, todo se arreglaría. Su diálogo comenzaría así: «Mi querido vecino: este país ya no es suyo ni mío, sino de su hijo y de mi hijo. Este país es una herencia ¿Por qué dejarles a ellos, que son jóvenes y tienen la vida en flor, una herencia maldita y ensangrentada? ¿Por qué no dejarles, en vez del caos del odio y de la ambición, una tierra fecunda y fraternal, en la que el trabajo creador germine y fructifique?»

El hombre de la calle está seguro de que su vecino entendería perfectamente estos argumentos, (que a lo mejor también se ha planteado a sí mismo) y le daría una mano para llevar a cabo la obra de la unidad contra el mal común Mientras esa obra no se realice, él está seguro de que el mal persistirá, porque así como es más fuerte la fiebre mientras más débil sea el organismo, más duradero es el mal gobierno cuanto más desunida y floja sea la sociedad sobre la cual gravite.

El hombre de la calle no tiene un partido definido. Estaba afiliado sí,  cuando en Cuba se hacían en regla y voluntariamente las afiliaciones Pero de eso sólo 1e queda un leve recuerdo. No tiene tampoco edad. Lo mismo puede ser sesenta sus años, que treinta, o que veinte. Lo que si tiene es la conciencia de haber querido en todo momento, con meridiana claridad, una sola cosa: el bien de su país. En los primeros años de la República fue liberal, porque el liberalismo era doctrina de rebeldía, de democrática confraternidad de razas y de espíritu popular, frente a la frialdad burguesa y casi colonial de los conservadores. Caído Machado, y hundido con él el Liberalismo en su estrépito de crímenes y atrocidades, el hombre de la calle resurge en el Partido Auténtico. Con el Partido Auténtico soñó etapas constructivas, imaginó leyes que hicieran sólido a su país, buscó la justicia social. Obtuvo mucho de eso, pero el saldo final no lo dejó del todo satisfecho. Se orientó entonces el hombre de la calle hacia la Ortodoxia, un Autenticismo sin robos. Y vino el 10 de marzo, a hundirlo todo en su confusionismo.

Desde su escalón bajo, con mis cristales simples para mirar las cosas claras, el hombre de la calle vió el nuevo panorama. Un gobierno de fuerza, sí. Pero la fuerza, como la salud, se gasta con el uso. ¿Por qué no darle quehacer a ese Gobierno, trayéndolo de acá para allá, hasta aturdirlo y agotarlo ¿Por qué no aportar cada uno su grano de arena, y levantar una pirámide de vergüenza y de dignidad, que le tapara a ese Gobierno espúreo todos los horizontes?

Todo el mundo estaba de acuerdo en una cosa: ese Gobierno era una mancha sobre la página democrática del país. Era un estorbo en el camino de su progreso. Pero a la hora de ponerse de acuerdo para saltar el obstáculo, o para echarlo a un lado, comenzaron a presentarse dificultades…

—Tiene que ser de esta manera —dijo uno.

—No. De esa no. De esta otra—le contestó el siguiente.

Y replicó el tercero:

—No. Así tampoco. Como tú dices, no. Será como yo digo

Y así empezó a pasar el tiempo, que no perdona a nadie. Y pasó un otro, y otro, y luego otros dos más. Y el mal, que parecía tan próximo a su fin. echó raíces. La enfermedad trajo complicaciones. Y hubo junta de médicos. Todos estaban de acuerdo en que la enfermedad era grave: pero ninguno acertaba con el remedio.

El hombre de la calle se puso a meditar, y se dijo a si mismo: -Soy católico, pero podía lo mismo ser protestante. Amo a mi país por sobre todas las cosas. Pero lo amo en libertad, no en servidumbre. No aspiro personalmente a ningún cargo público. Desde niño, me gano la vida con el sudor de mi frente. Mantengo a mi familia desde joven, y todavía me quedan fuerzas. Lo único que deseo es que entre nosotros vuelva a brillar el sol de la tolerancia y de la libertad que vale más que todas las carreteras, edificios y hospitales juntos.—Sin embargo, comprendo cada vez menos a las figuras dirigentes de este país donde he nacido y donde moriré. A unas, las mata la ambición y el afán de lucro; a otras, las hunde el egoísmo y la suficiencia. Llegada la hora de ceder, se vuelven tiesos como una varilla de acero. No comprenden cuántas vidas arrastra cada una de sus palabras, y no les dan a esas palabras significado alguno. Hablan por hablar, sin darse cuenta que lo que más necesita este país es una buena serie de hechos.

—Los políticos viejos, se roban hasta el último centavo del Tesoro Nacional, hacen obras lujosas con billetes de fechas adelantadas de nuestros hijos. Pero los políticos nuevos, que encarnan de cierto modo el ideal popular, son incapaces a su vez de sacrificar una coma en un manifiesto, aunque esa coma salve cien vidas. Se aferran a la popularidad que tenían, o al partido que habían inscripto o que crearon sin darse cuenta de que la pularidad cambia como el viento y los partidos, que se forman con los hombres y no con números, no son más que una entelequia cuando o esos hombres los abandonan.

—Lo que  veo claro es que hoy como en 1895, como en 1902 o como en 1933, hay dos Cubas, la de los conformistas, los pillos y los camajanes, que es una mentira de República. ¿Por qué, pues, los que formamos parte de la primera, no hemos de andar unidos, sobre todo si de esa unión depende nuestro triunfo? ¿Por qué han de tener más importancia los puestos y los lugares jerárquicos que los ideales? ¿Quién vale más: el que toca el clarín para que empiece el fuego, o el que aprieta el gatillo? ¿Quién vale más: Martí que escribió, habló y predicó treinta años y peleó dies minutos, o Maceo, que peleó veinte años y habló o escribió escasas veces de su vida? ¿No está claro que nadie es más que nadie, que todos hacen falta y que la Patria los necesita a todos?

Al llegar a este punto, y mencionar la palabra Patria, el hombre de la calle dijo para sí:

–Me he dejado llevar de mi fantasía y ando por un reino que ya no es de este mundo. Desde que hay hombres, hay envidias, intrigas, complejos, pasiones y calumnias. Hay quien se saca un ojo con tal de que el otro no vea. Y en este minuto criollo, hay muchos que son capaces de dejar que el país se hunda más todavía en el caos en el que está, o que caiga en otro peor, con tal de no dar su brazo a torcer. Nadie quiere perder su pequeña parcela de personal orgullo.

Rectificó de nuevo pensando:

“Pero esta es una conclusión demasiado pesimista, y hemos quedado en que nunca debe exaltarse el pesimismo. No, no debe exaltarse esa actitud estéril, aún cuando arranque de la realidad. El hombre tiene el deber de ser optimista, que quiere decir creyente en lo óptimo, en lo mejor. Cuba se levantará. La Cuba nueva, la del 68 y del 95, la de 1902, la de 1933, la de 1940, la de 1944, se liberará de esta confusión, se unirá ante este anillo de hierro que la cerca, y se alzará valientemente con su destino. Los mejores tendrán que imponerse, como se impusieron en todas esas fechas. La Historia no vuelve nunca atrás. La ambición será barrida por el desinterés. El egoísmo será barrido por la nobleza. El miedo será barrido por el valor. Y la Patria que nosotros, los hombres de la calle, venimos soñando desde hace tantos años, avanzará varios pasoss más –nunca los definitivos– hasta coger el ritmo que le corresponde, y que le hicieron perder hace cinco años.

El hombre de la calle terminó así:

–Eso puede demorarse algo, pero llegará de todos modos. Si los cubanos del 95, que no eran más cubanos ni menos cubanos que estos, supieron sacrificar orgullos y jerarquías, en nombre de Cuba, estos también lo harán. Cuando la Patria llama de veras, todos sus hijos responden. Cuba entera está en pie de lucha. Se han removido hasta sus capas más insensibles. ¿Por qué pensar, entonces, que las jefaturas políticas oposicionistas no cederán cada una un poco y se unirán en un frente patriótico común, que arroje a la dictadura del poder y le devuelva al país esos cimientos de libertad desde donde recomenzaremos después la obra del progreso? ¿Por qué creer que cuando todos los cubanos están dando cuanto tienen por la causa común, van a existir unos cuantos que responderán con una negativa? Yo por lo menos, no lo creo. Si lo creyera, estaría cogiendo un barco y saliendo por el Morro. Para no volver más a un país capaz de dar a hombres públicos que más que hombres públicos lo que parecen son arañas.

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