El estertor de la memoria

Written by Libre Online

22 de junio de 2022

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Al recuerdo de Pablo Pastrana Bencomo,

un cubano desterrado que no conocí el cual, aferrando su vieja maleta de isla extraviada,murió en las vías de un tren, cargado de

nostalgia y desmemoria tentadora.

El autor.

—Papá, el café del mediodía ¡dulcecito!, como siempre te ha gustado —la hija, esposa, madre y abuela, le dijo al anciano de sonrisa incierta y mirada hacia atrás.

El viejo con mano temblorosa tomó la tacita blanca, imitación a porcelana, y paladeó el café que, en jarro de peltre abollado, por años, la compañera de vida, después del almuerzo diario, le ofrecía, recién colado en manga de tela, ennegrecida por las borras continuas, antes de volver al trabajo. Un hilillo de café se le escurrió por la comisura de los labios hundidos que protegían las encías desdentadas.

—¡Cuidado papá! acabo de ponerte ropa limpia —la hija advirtió y con un paño retiró el rastro de bebida oscura que se obstinaba en los surcos de la barbilla.

El olor y sabor del café, junto al alarido del tren matutino y vespertino que cruzaba, sin hacer parada, cerca del ingenio, siempre se la traía de vuelta. Fue un matrimonio de más de medio siglo. Se conocieron un 25 de diciembre, en el baile de Navidad anual que el dueño del ingenio y familia les obsequiaba, al inicio de cada zafra azucarera, como estímulo y reconocimiento, a los obreros. Aquella tarde, aunque no llovió fue fría y nublada. Ella era nueva en el batey. Había sido contratada como maestra de primaria para la escuelita, con vivienda contigua, que los vecinos, la patronal y el sindicato habían construido. Y ahora, en su primera actividad social, los congregados en el salón de fiestas comunal, se deshacían en atenciones.

La invitó a bailar y el aroma a melaza, envuelto en humo de molienda que la torre del central escupía, signó la relación que dio cuatro hijos. Una hembra y tres varones.

—Papá, mañana es Navidad —la hija señaló. —Mamá, que en paz descanse, y tú se casaron en igual fecha. —En verdad no quiero decir el año. Eso me haría sentir más vieja de lo que soy —bromeó, pero el anciano no articuló palabras ni varió la expresión infantil y bobalicona que engulló las facciones de antaño. Ajeno al entorno real, solo muy de tarde en tarde y casi siempre bajo el influjo del sabor del café repetía: El buldócer necesita petróleo; tengo que ir al ingenio…

Entre ellos, en aquel memorable baile de navidad, se estableció una corriente de simpatía. Ambos provenían de la capital provincial y en busca de oportunidades de trabajo, jóvenes, solteros y sin compromisos, habían recalado en el central azucarero. Él, mecánico y conocedor de equipos pesados, desde dos años antes, operaba un viejo buldócer de orugas, Caterpillar, modelo D4, que a su llegada permanecía descompuesto y abandonado. Contra todos los pronósticos, con una inversión muy por debajo de lo calculado, puso la máquina a funcionar y, desde entonces, caminos y guardarrayas de acceso al batey se mantuvieron en condiciones óptimas. También, gracias a su pericia en los mandos del tractor, tareas de demolición, movimientos de tierras y construcciones se hicieron más fáciles.

El amor los ensartó a inicios del año nuevo; domingo 6 de enero, día de los Santos Reyes Magos. Sucedió en la fiesta infantil y rifa de juguetes, luego de concluida la misa mañanera, oficiada por el encanecido sacerdote franciscano que una vez por semana y en fechas señaladas, de la ciudad cercana, viajaba al ingenio para atender, en la iglesia pequeña y de madera, los requerimientos de la feligresía.

Ella, junto al cura español que enfatizaba las z, había terminado de extraer el último número ganador. El salón rebozaba júbilo de chicos y mayores.

—Hoy es Nochebuena, pero tú y yo vamos a pasarla solos. Cada cual está en lo suyo y con los suyos. Para cenar estoy asando un pedazo de carne de puerco. En un ratico te afeito para que mañana estés bonito —la hija lo halagó y maternal le pasó la mano por la cabeza de cabellos ralos y blancos. —El fiestón del 25 será en Miami, en casa de mi hermano; tu hijo menor. Toda la familia estará. ¡Ya tienes tres biznietos! —pero el viejo no escuchaba.

(Continuará la semana próxima)

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