El Caradura

Written by Libre Online

22 de junio de 2022

Por Eladio Secades  (1957)

En Cuba existe la vanidad vernácula de tener correa. Tener correa es escuchar las bromas más duras y las verdades más amargas, sin enrojecerse.

Hay personas que empiezan a ser felices, porque han hecho el descubrimiento repentino de que nada les da vergüenza. Son los caretudos. El verdadero tipo de estudio del criollo de “conmigo se fastidian, porque yo si es verdad que no me pongo colorado” Juegan al mérito de no abochornarse. Como campeones del que más da.

Convencidos de que teniendo una cara bien dura, sobra todo lo otro. El ingenio. La riqueza. La virtud. El caretudo es el fresco que en vez de echarse el mundo a la espalda, se lo ha echado a la cara. Ser caretudo es una irreligión, Pero positivamente es también una bonita carrera para los que saben asomarse a la vida con una insolencia de girasol. Caballeros de una extraña y nueva nobleza que lleva el escudo de familia en los cachetes. No se olvide que el hombre es un animal muchas veces separado del triunfo por la pena que le da. Hay los tímidos que están en el mundo como en una visita de cumplido. Con ese miedo a la mirada ajena que dan unos zapatos viejos y el acné juvenil.

El cutis descompuesto invita a la soledad. A la meditación. A la vergüenza de que los demás se enteren. Del adolescente con espinillas se deriva siempre un hombre discreto. No hay piropo más agradecido que aquel que le dolimos a una señorita con barros en la cara. Claro que ella 1o agradece, sin comprender que en nuestro clima los piropos se dicen mirando al rostro, pero pensando en el cuerpo.

El acné que sangra al afeitar tiene mucho que ver con los que cultivaron la inteligencia, porque sufrieron una juventud sin risas. Sin baile. Sin amor. Una juventud de pánico a la claridad, al espejo y a la mantequilla. Después de haber probado todas las pomadas. El acné juvenil ha dado muchos empleados cumplidores y muchos alumnos eminentes. Ser caretudo es  tener facultad para todo. Para escribir un libro. Para orientar a una multitud. Para citar a un clásico. Para empujar una mampara. Para hacerse el tonto en la guagua y no darle el asiento a una vieja. En nuestra historia hay caras monolíticas que no han terminado en la vitrina de un museo, porque la verdadera justicia no ha resplandecido aún sobre la faz de la tierra.

Hay los caretudos que llegan a un cargo público a fuerza de invocar a los mártires de la patria. Y al irte, vuelven a invocarlos. Que es utilizar a Martí como aperitivo y como postre. Martí puede significar el talento de los que no tienen ejecutoria. Claro que aludo a los que se han aprendido de memoria las frases del Apóstol, como se aprenden los treinta y seis números de la charada. Que habitamos un delicioso país donde no se dice triunfar, sino estar en la papa. Y los poderosos no están ricos. Están hechos. El que muere, guarda. El que pestañea, ahí mismo queda. Y no se concibe una aflicción criolla sin que aparezca el amigo con el remedio de moda que ha cobrado forma de terapéutica nacional.

– No le  hagas cráneo a eso.

El caretudo, después de todo, es un afortunado simulador ayudado por esa fuerza moral que tienen los borrachos y los imbéciles. Todos los que son muy simpáticos, son un poco caretudos. Los que se pasan la vida pujando gracias son caretudos también.

Hay cultos que exageran  tanto sus conocimientos, que resultan informados que actúan como caretudos. La menos ofensiva es la cultura indirecta de los que han aprendido los ríos en los crucigramas. Las patriotas en los sellos de correos. Y las corrientes del golfo en la pesca. El crucigrama es la cultura fraccionada y en forma de hobby. Los solucionistas de crucigrama, los filatélicos y los aficionados a la pesca, llegan a la información por medio del aburrimiento. Son seres matrimoniados con un abismo.

El caretudo se produce en cualquier parte. No hay ambiente curado por completo en su influencia. En medio de una fiesta pide aparecer en cualquier momento la amiga recitadora. Hay recitadoras que son como serían los poetas si vendieran castañas. Una recitadora buena puede aliviar a un poeta malo. Y un buen poeta puede socorrer a una recitadora mala. Lo que no tiene remedio es que siempre que se recita en el teatro hay un niño que lo llevó la mamá para no dejarlo en casa. Y que el pobre está loco porque se acabe. Le fastidia la cortina de raso Las flores del escenario. Y la osadía de convertir cualquier pregón en espectáculo público. Los versos a la bandera dichos en la velada de entrega de premios, son los pañales de la recitación.

Hay el recitador amateur que lleva dentro unos versos y que siente la necesidad fisiológica de alargarlos. Y aprovecha el valor de unos tragos. O la coyuntura de una cita. Para decirnos que eso le recuerda aquellos versos que dicen… Y hay que poner cara de bobo hasta que termine.

La gran prueba para los caretudos que lo han estado disimulando, es la hora del buffet en las fiestas. Hay seres incapaces de claudicar por dinero, ni por amor. Pero que se descomponen y pierden la vergüenza ante una fuente de croquetas. Son dignos hasta que llega un santo. Un cumpleaños. Una boda. O un bautizo.

Yo tengo un amigo gordo que custodia los fondos de una institución poderosa. Tiene horas fijas para acostarse, para levantarse, para almorzar. Va al cine los días de estreno. Es ese personaje útil y transigente que mientras los demás se quedan sentados él se levanta a bajar el volumen de la televisión cuando llega la hora de los anuncios cubanos a toda orquesta y a grito pelado. Es el tipo de poner inyecciones en casos de apuro, consolar viudas y leer editoriales. No es necesario añadir que lleva iniciales bordadas en la ropa interior.

Una esposa cuenta que pudo enriquecerse cuando las Vacas Gordas. Pero que no lo hizo por tanto. Total, si nadie se lo tiene en cuenta. El pudor de este amigo gordo se opone a todo. Menos a eso que los cronistas de ahora llaman superbuffet. No puede evitar el orgullo de decir que en las fiestas tomó ponche cinco veces. Le trae a la mujer un montón de bocaditos con aire de triunfador. Los cogió estirando el brazo y el cuello y empujando a un grupo de invitados que estaba acabando. La solitaria travesura de su vida es esa.

Mi amigo se descompone, se pone histérico, cuando lo invitan a una de esas fiestas de familia. Donde al día siguiente a la señora de la casa le cabe la satisfacción de que sobró de todo. A pesar de los caretudos que se metieron hasta la cocina. Para ver si se habían acabado los tamales.

El caretudo del baile es el que baila mal y no lo sabe. Se suelta, grita, tira la compañera. Y piensa que los que lo miran porque lo está haciendo muy mal, lo miran porque lo está haciendo muy bien. Y entonces se anima a la vuelta rápida, enseñando los dientes en medio de una larga e idiota expresión de triunfo. La ilusión de que bailamos bien se mantiene hasta que notamos que nos están mirando. Entonces casi todos bailamos bastante mal. Claro que los caretudos no lo comprenden y siguen «echando como es».

En Cuba los caretudos de la generosidad son los que dan una limosna para que todo el mundo se entere. Y que no conciben que se pueda proteger a las clases humildes hasta que han llegado las cámaras. Son los filántropos que para serlo necesitan la lente, el aplauso de la plebe y el Buró de Prensa. Personajes que aparecen dando dinero y que no lo suelta hasta que los fotógrafos han disparado bien. Algunos ricos de hoy hacen la piedad con gritería de parque de pelota con muchedumbre de doble juego. Pateos capitalistas que ignoran el placer cristiano de hacer el bien sin galería. De socorrer al caído, sin ostentación y sin flashes.

Sobran caretudos para un relato  inmenso. El caretudo de balcón que no encuentra trabajo. Duerme la mañana y se asoma por la tarde. Las rayas de su pijama las conoce todo el vecindario. Es feliz con un poco de grasa para el pelo y diez centavos para cigarros. Las ganas de colocarse le llegan cuando tiene novia. Entonces piensa en un empleo en el gobierno. Que es la primera y la última ilusión del criollo. De los que consiguen ese empleo, salen los burócratas y las úlceras en el píloro. De los que no los consiguen, salen los decepcionados de que en nuestro país no merece la pena. Es decir, los haraganes de plantilla.

Ya han desaparecido los caretudos del periodismo. Un carnet. Un bastón. Un sombrero de paja. Aquellos compañeros de la prensa que lo mismo se metían sin pedir permiso en el despacho de un ministro. Que en el camerino de una tiple. Tiempos en que siempre las artistas famosas se vestían con la ayuda de una tía gorda. En las paredes del camerino; sostenes de seda, agujeros tapados con tapones de papel. El cronista iba a hacer una “interviú”. A lo peor para un periódico que nadie leía. El camerino es el Waterloo de las actrices. Porque los huesos se destacan como en una radiografía. El maquillaje tiene mucho de pegote. Un camerino de teatro es desalentador. Como un saco puesto al revés. Es 1a proximidad del sudor, del hilván, de los labios que se destiñen y de las ojeras como pintadas con papel carbón. Y los lindos zapatos que en la escena parecen de plata o de oro. han sido deformados por la anarquía de un juanete irrespetuoso. Era necesario ser muy caretudo o ser muy periodista, para entrar al camerino de una primera tiple.

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