Desde Londres. La casa más famosa de Gran Bretaña: Downing Street, Número 10

Written by Libre Online

22 de junio de 2022

(Domicilio del Primer Ministro Británico)

Por Esteban Salazar Chapela (1955)

La casa más famosa de Inglaterra está en Downing Street y lleva el número 10. (Decimos la casa, no el palacio.) se trata del domicilio oficial y particular del primer ministro. Cuando, viniendo de Trafalgar square, bajamos por Whitehall hacia el Parlamento, encontramos a la derecha, pasado el gran edificio de la Tesorería, una calleja angosta, breve y remansada, a cuyo fondo, tras una verja con portillo, verdea el llano abierto de St. James Park. Esa calleja es Downing street y está compuesta por los edificios siguientes: a la izquierda, ocupando el largo de esta acera, se halla la mole oscura que comparten el Home Office y el Foreign Office; a la derecha, ocupando la mitad de esta acera, un ángulo de la mole no menos oscura de la Tesorería; a continuación de este ángulo, en la misma acera derecha, hay tres casas pequeñitas: son los números 10, 11 y 12.

Muy cerca de esta calle quedan el Ministerio de la Guerra, el Parlamento, la abadía de Westminster,  el puente del mismo nombre que cruza el Támesis, Scotland Yard… La casa del primer ministro está, pues, en el centro de la actividad política y administrativa de Londres, si bien la misma condición de la calle– aparte y fuera del tráfico rodea al inmueble de reposo y silencio.

Lo primero que sorprende de esta casa es su pequeñez (aunque por dentro no es tan pequeña como parece por fuera), su aire recogido y modesto, su carencia absoluta de ornamento en su ladrillado oscuro y la estrechez y poca altura de su negra y brillante puerta, «¿Ahí vive el Primer Ministro?», se preguntan con sorpresa los turistas procedentes de otros países. Si. Ahí vive el primer ministro. Ahí también han deseado ansiosamente vivir centenares —quizás millares— de políticos ingleses a partir del siglo XVIII. ¡Cuántos parlamentarios britanicos no han soñado con esta casa! ¡Cuántos no han perdido el sueño pensando en la posibilidad de ser inquilino —aunque sólo fuera por unos días– de esta casa! El mismo Disraeli. cuando llegó a premier, a los sesenta y cuatro años, palpaba todas las mañanas su mesa de trabajo —la misma mesa donde Pitt escribiera a Napoleón— para comprobar que el sueño de toda su vida, habitar en esta casita, era al fin una realidad palpable.

La calle lleva el nombre de su constructor y primer propietario, Sir Georgc Downing, quien compró estos terrenos con las casas que entonces tenían en 1654. Downing era uno de esos tipos inteligentes, ambiciosos y sin escrúpulos tan frecuentes en el mundo político. Había nacido en 1625. Primeramente se distinguió como orador sagrado, llenando continuamente su iglesia con sus elocuentes sermones.

La noche de la ejecución de Carlos I, Downing pronunció una oración tan fervorosa pidiendo a Dios el buen éxito de la empresa –la cabeza del rey— que basta los más ardientes puritanos se sintieron lastimados y avergonzados. La sensación que causó este discurso atrajo enseguida, como Downing se había propuesto, la atención de Cromwell, quien no tardó en nombrarle capellán del regimiento del coronel Oakcy. Poco después Cromwell nombraba a Downing, bajo un título disimulativo —Scout-Master General of the Army of Scotland—, jefe del servicio de inteligencia, con un sueldo de cuatro libras diarias para que pudiera pagar a espías y recaderos.

En breve tiempo Downing organizó una red de espionaje perfecta, pudiéndose decir fue este “diligente scout” (explorador, descubridor, escucha, espía…) el verdadero fundador del Secret Service inglés. De aquí ascendió Downing a embajador en los Países Bajos. Una de sus principales funciones en este nuevo cargo era vigilar e informar a Cromwell todos los movimientos del pretendiente Carlos Estuardo, después Carlos II Dotning no perdió tiempo en esta embajada.

Sabía que Cromwell ya no viviría muchos años, Downing se puso enseguida subrepticiamente en contacto con el joven Carlos, y comenzó a cobrar a dos manos de Cromwell cobraba por informarle de Carlos, y de Carlos cobraba por Informarle de Cromwell. Con un desahogo tan particular en punto a cobranzas Downing amasó una buena fortuna en muy poco tiempo. Cuando murió Cromwell el rey «ennobleció» a Downing a condición de que éste revelara los nombres de todos los complicados en la ejecución de Carlos I. Con tal de ser kniehted (ennoblecido) Downing no dudó un momento en cometer la espeluznante vileza de enviar al tormento y a la muerte a sus antiguos amigos y a muchos de sus benefactores, entre éstos al propio coronel Oakey. Rico, triunfante, en posesión de un título nobiliario, pero odiado por igual por monárquicos y republicanos, Downing sabía que algún día le zaparían el terreno y se vería desasistido del favor del rey. En previsión de este infortunio, Downing se apresuró a construir la calle que lleva su nombre para asegurarse una renta.

Poco después vino la caída. Downing estuvo preso una temporada en la Torre de Londres; luego pasó como exilado a su finca de Cambridgeshire, donde moría seis años después (1684). El juicio moral que sus contemporáneos hacían de Sir George Downing lo encontramos en el famoso Diario de Pepys. Este tan interesante diarista, por regla general benévolo, llama a Downing «el tipo más avariento que existe», «el más desagradecido de los villanos», «el pérfido bellaco» y «el perjuro traidor por partida doble». Más no se puede decir de un caballero.

Sir George Downing nunca vivió en la calle de su nombre. El número 10 debió ser edificado alrededor de 1677. Hasta 1733 no fue esta casa el domicilio particular y oficial del primer ministro. Se inició la tradición cuando Jorge II (1727-1760) le ofreció el inmueble a sir Robert Walpole, primer lord del Tesoro, quien tuvo la delicadeza de aceptarlo a condición de que la casa fuera siempre la residencia del ministro que ocupara aquel cargo. Pues esta es otra cosa que sorprende mucho en la puerta de Downing Street, número 10: su placa  metálica  colocada inmediatamente debajo de la aldaba, no dice Primer Ministro como sería lo natural, sino First Lord of the Treasury. ¿Por qué? Porque el cargo de primer ministro ha venido existiendo en Inglaterra durante doscientos años sin tener oficialmente aquel nombre. En realidad, hasta hace muy poco, hasta 1937, el Parlamento no se dignó otorgar al jefe del Gobierno británico el título de «Primer ministro y primer lord del Tesoro».

Una de las características de la constitución inglesa es que nada aparece en ella planeado de antemano. La función brota aquí mucho antes que el órgano. Primero vino, muchas veces por azar, como ocurrió en este caso, el funcionamiento administrativo; luego vino el órgano —el cargo— con su nombre correspondiente. Hasta el reinado de Jorge I (1714-1727) el ministro principal del Gabinete era el primer lord del Tesoro.

El  rey presidía entonces los consejos de ministros con una fuerza e influencia políticas de que no puede tener idea la reina actual, Isabel II. Pero aquel primer Jorge, nacido y educado en Alemania, no sabía ni una palabra de inglés. Su asistencia a los consejos de ministros era para él un tormento, puesto que no podía hablar ni entendía lo que se decía. Jorge concluyó por no asistir a los  consejos. Esto dejó vacante la presidencia. ¿Quién debía ocuparla? Nada más adecuado que el ministro principal del rey, el primer lord del Tesoro, cargo que ocupaba a la sazón sir Robert Walpole.

De este modo —por una mera casualidad— el rey inglés perdía para siempre la dirección de la política del Gobierno, e Inglaterra llevaba a cabo, sin disturbios ni sangre, en este concreto punto del poder real, algo muy parecido a la Revolución Francesa.

Luego Jorge III intentó recabar a toda costa la jefatura del Gobierno, pero por fortuna para la política inglesa la demencia de este rey y la regencia que hubo de formarse por ello reafirmó la función y la posición de primer ministro. Durante sesenta años fue este título motivo de resentimiento y chacota entre los demás miembros del Gabinete. Poco a poco, sin embargo, la necesaria función fue confiriendo mucho respeto al órgano, al cargo, a su nombre y a la persona que lo llevase.

A la puerta de Downing Street, número 10, no hay más guardia que un policía inerme, ni siquiera en posición firme. Otro policía hay al otro lado de la puerta, en el hall de la casa. Esta es toda la guardia —y toda la vigilancia— que rodean al primer ministro de Inglaterra. Esto ya es un síntoma. Pasada la puerta de entrada nos entramos en un hall de losas blancas y negras. A la izquierda hay una mesa con el libro donde deben firmar todos los visitantes. En este mismo lado hay una puerta que conduce a la casa vecina (número 11), residencia oficial del Chancellor of the Exchequer (ministro de Hacienda). La planta baja del edificio (sobre el sótano) consta de una gran habitación destinada a oficinas otra no menos grande que ocupan los secretarios, otra del secretario particular, y, finalmente, el «Cabinet Room». o sea, la sala de consejos.

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