CUBA Y SU JUVENTUD VISTAS POR LE FIGARO

11 de mayo de 2022

El cotidiano Le Figaro acaba de publicar en París una crónica a página completa, «Los jóvenes abandonan Cuba, una isla inmovilizada en el tiempo», cuyo autor Héctor Lemieux cubre desde hace unos diez años la temática cubana para diarios canadienses, belgas y franceses. Este periodista tiene en su haber una guía para turistas editada en 2014 por Ulysse que «modestamente» tituló Comprendre Cuba, como si poseyera él la llave de eso, de comprender el país.  Esta vez su enfoque – ilustrado con una foto en la cual posan cinco músicos viejitos en una calle de la ciudad de Trinidad junto al inevitable y caricatural automóvil americano de los años 1940- gira alrededor del drama demográfico que está planteando el éxodo creciente de los jóvenes cubanos quienes,  a lo que de lugar,  se marchan al extranjero.  Llega tarde el hombrín: estamos en esto desde prácticamente 1959 y la sangría generacional es ininterrumpida desde entonces.

A Héctor Lemieux sería injusto atribuirle complacencia alguna para con el régimen de La Habana.  Desde luego que sus artículos no son belicosos ni ejemplo de cruzada ideológica antigubernamental. No faltaba más y es un conocido lugar común que la posibilidad de entrar en Cuba con visa de periodista esta muy bien controlada por los cancerberos que custodian las puertas del infierno castrista.  No son perros de tres cabezas sino verdaderos esbirros con guayabera de Exteriores y de la Contrainteligencia cuyo ciérrate sésamo en la materia, si cae cual guillotina es inapelable. Pero justo es decir que en el escrito propuesto al lector francés no hace concesiones describiendo que tipo de existencia afrontan los cubanos de todas las edades, los jóvenes en particular.

En materia de generaciones está el contexto y la descripción del plan estatal para los viejitos que en parques de la capital cubana hacen ejercicios cotidianamente dirigidos por un monitor voluntario. Y las cifras oficiales acompañan el párrafo: en 1970 el 9% de la población tenía más de 60 años; para 2030 la proyección es de 33% según estimaciones oficiales del servicio nacional de estadísticas. «El desafío demográfico es el más serio que enfrenta el país», le declaró un responsable entrevistado por él. La atención médica a los mayores esta descrita como muy deficiente en estos momentos como resultado de la pandemia de Covid-19 y del incremento del envío de profesionales de la salud al exterior, «principal fuente de entrada de divisas a la isla». El aspecto de las carencias de medicamentos está puesto en boca de un testigo que afirma que «la falta de médicos no es lo peor, el problema capital son las medicinas y los anaqueles de las farmacias están desesperadamente vacíos».

En párrafo aparte apunta que la modificación de la pirámide de edades ya es un desafío estratégico para las autoridades con vistas a la falta de gente apta para trabajar en un futuro y para asegurar un relevo generacional. Como si les importara pienso yo. Un reciente artículo aparecido en la revista bimensual del Ministerio de Salud Pública analiza comoquiera la presión que tal realidad plantea. Y haber visitado un hogar de ancianos, en estado deplorable como todo en Cuba, arroja una parcimoniosa descripción de la oferta de servicios a personas de edad, desvalidas y carentes de ayuda familiar.

El resultado es que más y más personas de edad avanzada ya jubilados o pensionados, tienen que resignarse a ejercer una actividad, el comercio clandestino las más de las veces, para ganar algún dinero. Describe lo que hacen algunos entre ellos con los que pudo conversar: está el que vende periódicos en un kiosco todas las mañanas; otro que prepara croquetas; y finalmente el «colero» que hace fila contra una modesta remuneración en lugar de clientes que buscan comprar lo poco que ofertan o un servicio regulado.

También están las inquietantes cifras, muy comprometedoras  para el futuro.  ¿Tiene un futuro el país, me pregunto, yo?. Básicamente el porcentaje de habitantes de menos de 14 años de edad: eran menos del 15% a mediados del año pasado, 22% en el 2000 y 36% cuando llegaron los barbudos en enero de 1959. En cuanto a la natalidad por mujer ha descendido de 4 en 1958 a 1.6 hace un año.

Y desde luego hace constar la fenomenal estampida hacia el exterior. Aparece otro entrevistado que anónimamente comenta «este país se ha vaciado, solo permanecemos los viejos porque incluso ¡hasta las prostitutas se han ido al extranjero y solo quedan las que son mayores o quienes procedentes de las clases sociales inferiores, negras en su mayoría!».  Una jinetera, desocupada por la casi desaparición del turismo, le dijo «me tengo que largar para donde sea, hacemos colas durante horas y solo para adquirir un poco de arroz y media libra de pollo baboso dos veces al mes; no quiero terminar mi vida aquí, como mi madre,  viviendo pobremente entre cuatro paredes miserables».

La incesante propaganda del gobierno no desvirtúa la percepción de un pueblo que, de todos modos,  llegado el momento va a desfilar manifestando apoyo al régimen como acaba de verse el Primero de Mayo en la Plaza de la Revolución. El sistema, bien engrasado después de más de seis décadas de implacable dictadura, logra que la gran mayoría adopte sin chistar todos los mitos que hacen de lo que queda del país un gigantesco decorado a la Potemkine, dirigido con mano de hierro por una generación de militares y de apparatchiks quincuagenarios tras los cuales están,  vigilantes y omnipotentes, algunos sobrevivientes tributarios del castrismo original. Ese todo es lo que Lemieux describe para sus lectores como un museo lamentable. ¿Hasta cuándo?. No lo dice y eso, o sea el no ser profeta en tierra ajena, nadie osará reprochárselo.

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